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¿Cuál es la finalidad?

Esta semana el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, salió con una —si no la más— sorpresiva decisión: pedir la renuncia de todos sus secretarios de despacho. Este es un hecho insólito en la ciudad de Bogotá, debido a que nunca se había presentado una situación similar.

07 de junio de 2012 - 06:00 p. m.
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Si bien el alcalde se ha caracterizado por ser un funcionario que emprende políticas innovadoras, que incluso nosotros calificamos como tales diciendo a veces que no son bien entendidas o bien comunicadas, esta vez su decisión sólo causa desconcierto y deja abiertas muchas preguntas. En especial una: ¿por qué hacer este cambio a tan sólo cinco meses de empezado su gobierno?

Justo cuando es la hora de ejecutar ese ambicioso Plan de Desarrollo que fue aprobado hace unas semanas, su equipo encargado del asunto es removido de una forma drástica. Esto, más que una jugada inteligente de un administrador, parece el reflejo de una crisis interna grave. La ciudadanía, los medios, y seguramente los mismos miembros que trabajan en la Alcaldía, estamos a la espera de una decisión que, cuando se escriben estas líneas, aún no ha sido manifestada y que es de suponer viene siendo sopesada de tiempo atrás.

Es obvio que una disyuntiva clara se alza a la hora de analizar este hecho: puede ser que, como dice el mismo Petro, la hora de los académicos ha pasado y la hora de las personas que quieren asumir un riesgo en la ejecución ha llegado. Asimismo, el alcalde manifiesta que los funcionarios no son dueños de sus puestos y que este remezón genera, pues, cierto tipo de movilidad y ejercicio democrático.

Es cierto lo que dice, pero viéndolo exclusivamente desde un punto de vista aislado. Un académico estudioso del Estado estaría de acuerdo con esta frase suelta. Pero el balance global es distinto: los funcionarios tienen cierto tipo de aprendizaje en el cargo, con lo que se solidifica su gestión pública y se generan experiencias beneficiosas.

Puede ser, por otra parte, lo que algunos expertos tienden a manifestar: que hay un desgobierno en la administración bogotana, una falta de experiencia que ha asustado al alcalde y un claro punto de inestabilidad institucional de la ciudad que debe resolverse de manera rápida. De igual forma, no hace falta mucha suspicacia para formular la hipótesis que tiene molesto al alcalde: se están manejando las cosas de manera clientelista para “retribuir” la aprobación de su Plan de Desarrollo en el Concejo.

Petro responde, pero es insuficiente. Se limita a decir que quienes están acostumbrados a gobiernos que se desempeñan de esta forma son los que lo juzgan así. Y que su decisión obedece al riesgo de su administración. No deja de sorprender, eso sí, que un alcalde que ha incluido a la ciudadanía en el proceso de diseño del Plan de Desarrollo y que responde de inmediato a cada persona que le envía un mensaje por Twitter, se quede tan corto en su explicación. Hay más preguntas: ¿Qué no le gustó de sus funcionarios? ¿Hay problemas internos? ¿No son capaces de tomar las riendas de una ciudad? ¿A quiénes pondrá? ¿Bajo qué criterios?

Esta vez la incertidumbre le ganó a la innovación. No nos explicamos el cambio. Lo que sí tenemos claro es que el tiempo pasa y ya va siendo hora de que el alcalde anuncie sus nuevas fichas, primero para evaluarlas, pero sobre todo para que realicen la gestión de un Plan de Desarrollo que requiere acciones rápidas y profundas para cumplir sus ambiciosos propósitos. No puede ser que después de tanta “transparencia” y “gobierno transversal”, la ciudadanía que votó por él se quede sin luces.

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