Colombia tiene que redoblar esfuerzos por normalizar la situación de los cientos de miles de venezolanos que han entrado y van a seguir entrando al país, huyendo de la dictadura de Nicolás Maduro. No hacerlo sería incumplir un deber moral de solidaridad que tenemos como país, pero además agravaría la crisis, trayendo consecuencias negativas muy costosas. La única solución es abrir las puertas con responsabilidad y tomarnos en serio el proceso de asimilación.
En columna reciente para El Espectador, Vivian Newman escribió que “entre más rápido regularicemos la situación de los migrantes, más rápido formarán parte del torrente económico, lo que a su vez contribuirá a que enfrenten menos barreras sociales”. Estamos de acuerdo. Los ejemplos en el mundo demuestran que, en el mediano y largo plazo, los países que no son hostiles a las migraciones ven muchos frutos. La sociedad colombiana tiene mucho para ganar.
Entendemos, por supuesto, que el proceso no es fácil. Además de los costos que implica, emprender planes de asimilación social no es sencillo. Hemos visto cómo el rechazo a los migrantes venezolanos crece entre personas que, no en menor medida motivados por políticos oportunistas, ven en ellos la causa de todos los problemas del país. Esto no solo no es así, sino que todo lo contrario puede ocurrir: darles la bienvenida a los migrantes enriquecerá a la sociedad colombiana.
Por eso, celebramos que el Ministerio de Educación permita la inscripción de niños migrantes en el sistema de colegios públicos. En un comunicado, la entidad reiteró su compromiso con “redoblar esfuerzos para que niños, niñas y jóvenes, sin importar su origen, tengan la oportunidad de iniciar o continuar sus estudios en el sistema educativo en 2019”. Esa es la actitud correcta.
Ayer, el Distrito de Bogotá desmontó el campamento donde inicialmente había permitido que vivieran 460 venezolanos. Después de varias semanas en las que la Alcaldía les ofreció acceso a varios programas de asistencia social e inserción en la sociedad colombiana, quedaron 127 personas, algunas de las cuales no saben qué hacer. Los aprendizajes obtenidos deberían ser modelo para el resto del país sobre las dificultades que plantea la asimilación.
Los gobiernos locales deben encontrar la manera de ofrecer procesos de estabilización y, además, prestar ayuda para que los migrantes puedan normalizar su situación legal y acceder al mercado laboral. Si se deja el asunto a la suerte, lo que va a ocurrir es que seguirán existiendo concentraciones de refugiados en condiciones inhumanas, rechazadas por los vecinos de la zona, creando así más tensión.
“Nadie está preparado para la atención de un fenómeno migratorio como este”, dijo María Angélica Trujillo, encargada de la Gerencia de los Venezolanos en Bogotá. Tiene razón. Se trata de una crisis en un momento que, además, no es óptimo desde el punto de vista económico para Colombia. Pero darles la espalda a los migrantes no es una opción. En año electoral, los líderes políticos deben ser responsables con el tema y, además, proponer planes integrales, ambiciosos y contundentes para normalizar a los venezolanos en el país.
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