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La discriminación de Donald Trump

Los demás países del mundo, especialmente aquellos que se autoproclaman defensores de la democracia (Colombia incluida), tienen que ser contundentes en su rechazo a estas medidas.

29 de enero de 2017 - 09:00 p. m.
Dan esperanza, en Estados Unidos, la marchas que no cesan y los ciudadanos que no están dispuestos a permitir que este tipo de trato sea normalizado. / Foto: Efe – Tracie Van Auken
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Durante los días posteriores a la soprendente victoria de Donald Trump en la Presidencia de Estados Unidos, fue común entre los análisis que se hicieron de lo ocurrido un diagnóstico: mientras la prensa tomó a Trump literalmente, pero sin seriedad, sus simpatizantes lo tomaban con seriedad, pero no literalmente. La idea era que toda su retórica radical contra los musulmanes, los mexicanos y los inmigrantes en general, entre tantas otras declaraciones alejadas de la realidad y la sensatez, no debía ser tomada de manera literal, que una vez asumiera el cargo moderaría su lenguaje y se enfocaría en el centro de su mensaje (que los medios, supuestamente, ignoramos). Con una semana en la Casa Blanca, es evidente que sus discursos de odio tenía que leerse literalmente.

Además de sus peligrosos y delirantes choques con la prensa estadounidense —cómo olvidar al secretario de Prensa, Sean Spicer, mentir sin reparos sobre un tema tan trivial como el número de gente que asistió a la inauguración de Trump—, que por cierto no se detienen (ayer llamó, por supuesto sin aportar prueba alguna, “noticias falsas” a The New York Times), el presidente de Estados Unidos no perdió tiempo en poner en marcha dos de sus propuestas más polémicas: una prohibición total de entrada de musulmanes provenientes de Siria, Irán, Irak, Sudán, Libia, Somalia y Yemen, y la construcción de un muro en la frontera con México.

Teniendo en cuenta que la eficiencia de ambas medidas ha sido cuestionada por los expertos (la prohibición de la entrada no reduce el terrorismo, y el muro, que además ya existe, tampoco reducirá la inmigración ilegal), queda en evidencia que las motivaciones detrás de las dos es la discriminación en su sentido más perverso. El mundo no puede quedarse en silencio mientras la religión o el origen son usados como filtro por la administración Trump.

Además, porque lo que ha ocurrido hasta ahora se acerca peligrosamente a lo que advierten todas las novelas distópicas sobre el autoritarismo. El sábado hubo reportes en varios aeropuertos internacionales de Estados Unidos de que los agentes del Gobierno les preguntaban a quienes llegaban por sus preferencias políticas. Incluso las personas que tienen una tarjeta de residencia permanente en ese país (green card) fueron detenidas y no pudieron entrar. Abundaron los reportes de estudiantes de universidades, así como de personas que trabajan en varias empresas estadounidenses, que no podían regresar a sus familias por culpa de la prohibición.

Los demás países del mundo, especialmente aquellos que se autoproclaman defensores de la democracia (Colombia incluida), tienen que ser contundentes en su rechazo a estas medidas. La actitud no puede ser simplemente esconderse esperando que la ira del nuevo presidente no afecte las relaciones comerciales existentes. Ya vimos, por ejemplo, lo mal que se vio Theresa May, primera ministra del Reino Unido, evitando preguntas sobre el tema. Contrasta con la declaración de la canciller alemana, Ángela Merkel, que fue enfática al afirmar que el terrorismo no es excusa para discriminar de esta manera. Justin Trudeau, con sus brazos abiertos a los refugiados del mundo, da ejemplo desde Canadá, y lo propio hizo el primer ministro italiano, Paolo Gentiloni, hablando de la pluralidad como pilar liberal.

Dan esperanza, en Estados Unidos, la marchas que no cesan y los ciudadanos que no están dispuestos a permitir que este tipo de trato sea normalizado. El sindicato de taxistas de Nueva York, por ejemplo, saboteó el transporte en el aeropuerto de esa ciudad hasta que se permitiera la entrada de los musulmanes retenidos. El mensaje de la resistencia tiene que ser contundente: el mundo no permitirá que, una vez más, nos dividan por raza, credo, género, origen, orientación sexual o cualquier criterio arbitrario que se le ocurra a este nuevo autoritarismo.

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