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El derrumbe de un gigante

El ingreso a la cárcel del mítico Luiz Inácio Lula da Silva, para cumplir una condena de 12 años por un caso de corrupción, es un capítulo más dentro de la grave crisis que atraviesa Brasil. A pesar de ser el candidato con mayor opción para ganar las elecciones presidenciales de octubre, y luego de unas horas de incertidumbre, decidió entregarse a las autoridades. Se demuestra así que en un Estado de derecho nadie puede estar por encima de la ley y que, a pesar de su popularidad y declararse inocente, debe responder ante la justicia.

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Lula se convierte así en la personalidad más representativa, dentro de la política hemisférica, en terminar tras las rejas en épocas recientes. De hecho, es la primera vez que un mandatario brasileño estará formalmente preso por un delito cometido durante su mandato. Lo más importante de resaltar es que a pesar de que hubiera podido rechazar la decisión del Tribunal Supremo Federal (TSF), que el jueves falló seis a cinco en su contra, prefirió no generar una confrontación popular con las autoridades. Al reclamar su inocencia, y dirigiéndose a los miles de seguidores que lo acompañaban en la sede de un sindicato metalúrgico, pronunció una frase con la que deja abierta la puerta a su permanencia dentro del panorama político: “Yo no soy un ser humano más. Yo soy una idea. Y las ideas no se encierran”.

La pregunta, que de momento no tiene respuesta clara, es si Lula puede presentarse a las elecciones presidenciales aun estando en la cárcel. Fue justo durante su gobierno que se adoptó la llamada ley Ficha Limpia, paradójicamente expedida como parte de la lucha gubernamental contra la corrupción. Su texto prevé que una persona que tenga un proceso judicial abierto no puede aspirar a algún cargo de elección popular, e impide que los condenados por organismos en segunda instancia sean candidatos. Pero, como sucede con las leyes, hay quienes señalan que en su artículo 26-C tiene un vacío legal que indica que los tribunales de instancias superiores, a petición de los condenados, “podrían suspender la inelegibilidad de los candidatos ya condenados por la justicia”, lo que le permitiría al exmandatario solicitar al TSJ que le garantice el derecho a presentarse a la elección. No existe certeza entonces sobre el futuro de su aspiración presidencial.

De esta manera se vuelve más complejo el panorama político brasileño. Quien aparece como segundo en las encuestas, el candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro, queda de momento como la persona con mayor opción para ocupar el Palacio de Planalto en Brasilia. Sus ideas extremistas, sumadas a un pronunciamiento del comandante en jefe del Ejército en el sentido de que no aceptarían ninguna decisión distinta a la cárcel para Lula, aumentan la preocupación. De otro lado, en el Partido de los Trabajadores (PT), de Lula, si se aplica la Ley de Ficha Limpia tendrán el gran reto de reinventarse en los pocos meses que quedan antes de las presidenciales, y encontrar otra figura con el carisma de su líder para que asuma las banderas del partido. No se ve como una opción viable en el corto plazo.

Para un país que, por su extensión y número de habitantes, es un continente en sí mismo, este hecho ahonda, y de qué manera, la caída en picada que viene experimentando en los últimos años. El que era considerado como la potencia emergente más importante al final de la primera década del presente siglo, terminó derrumbándose. A diferencia del ave fénix, lo que salió de las cenizas fue una investigación judicial de grandes proporciones que demostró cómo la corrupción se tomó los espacios políticos en medio de una danza de los millones mal habidos. El remezón se llevó por delante a la presidenta Dilma Rousseff, a un gran número de congresistas, políticos, además de procesos abiertos y señalamientos a muchos más, entre ellos el actual presidente Michel Temer y varios de sus ministros.

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