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El desastre de las balas perdidas

"ESTÁBAMOS EN LA ACERA DE LA CASA recibiendo el Año Nuevo cuando a las 12:00 empezó la pólvora, de pronto él se paró frente a mí, le pregunté algo, abrió los ojos y lo último que me dijo fue ‘Ay, pa’, y se desplomó", contó Alexánder de Jesús Gaviria, padre de Daniel, quien se debate entre la vida y la muerte en un hospital de Medellín.

03 de enero de 2011 - 05:00 p. m.
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También lo hace el pequeño Esteban Giraldo Ramírez en Soacha. “Mi hijo tenía al niño en los brazos y cuando lo bajó se dio cuenta de que estaba herido en la cabecita”, aseguró William Giraldo, abuelo del menor. En estado crítico se encuentra en Cartagena Andrés Felipe, de cinco años de edad. “No pensábamos que fuera una bala, pues en ese momento los voladores, los ‘tiritos’ y los fuegos artificiales sonaban muy fuerte”, dijo Erick Castellón, tío de Andrés Felipe, sobre quien los expertos tienen pronósticos sombríos. Además de los menores, el Año Nuevo dejó otros tres heridos y dos muertos por balas perdidas. Las cifras pueden ser mayores. Todavía no se tienen datos unificados.

Aunque esta clase de infortunios aumentan en las festividades, el fenómeno es en el país constante. El ex director de Medicina Legal, Máximo Alberto Duque, calcula que entre dos y tres muertos se presentan por balas perdidas cada semana en el país. En números gruesos, se trata de más o menos 150 víctimas fatales al año, sin contemplar los heridos. Los disparos al aire, contrario a los que algunos creen, sí son letales y quien porte un arma debe saberlo. Tomar la decisión de disparar en un espacio abierto y dejar las consecuencias de tal acción al azar no constituye un mero accidente. No es involuntario lesionar o asesinar al disparar al cielo, bien en acto de ridícula celebración o bien en amenaza. El peligro es evidente. Por esta razón, independiente de las formas, quien cargue un arma debe responder todas las veces por ella. No es un juego, y mucho menos un asunto de “honor”, portar armas. Se trata de un asunto de inmensa responsabilidad y riesgo.

Esta responsabilidad debería ser compartida por las autoridades competentes, tanto al emitir los permisos como al ejercer su control. Tiene tan poco sentido que la emisión de salvoconductos no vaya acompañada con registros que permitan una mayor información sobre las características del arma y su dueño, como que los controles no sean tan rutinarios como los del tráfico vehicular. Además, si bien la prohibición absoluta del porte de armas tiene dificultades, pues no se haría más que disparar el mercado negro, las prohibiciones en zonas y días deberían ser posibles. Durante las tradicionales fiestas, en las cuales sólo el pasado Año Nuevo significó cuatro mil riñas “callejeras”, según la Policía, no es prudente que los ciudadanos se encuentren armados. Tampoco lo es en zonas donde el alcohol es la constante. Todavía se recuerda el caso de Consuelo Ramírez, que el año pasado perdió por una bala perdida a su hijo de 22 años en una de las zonas rosas de Medellín y ya había perdido por el mismo motivo a su otro hijo de 29, cinco años atrás.

Además de los controles, es necesario educarnos para que las festividades no signifiquen la suspensión del orden y los deberes. A pesar de que las campañas educativas han funcionado, la pólvora, por ejemplo, sigue haciendo estragos. Según el reporte del Grupo de Emergencias y Desastres, los dos pasados meses significaron 309 personas lesionadas, entre las que se cuentan 172 menores. La Navidad, además, trajo 40 muertos, en su mayoría por armas de fuego y blancas, y el Año Nuevo 130. Muy mal parada queda una sociedad que no es capaz de celebrar sin acabarse. Las balas perdidas son sólo una de varias causas, pero han sido descuidadas hasta ahora. Es tiempo de implementar correctivos. Por lo menos, es urgente extender el mensaje de que los disparos no se pierden en el cielo y enfatizar en que existen consecuencias de lo que no es, ninguna de las veces, un accidente.

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