Se han hecho burlas, caricaturas, discursos medianamente panfletarios y chistes simpáticos. Todo de una forma superficial, sin atender a la raíz de un profundo problema que experimenta la ciudad y el país.
Indigna un poco, por ejemplo, que el diario Washington Post el día de ayer hiciera un análisis sobre la situación diciendo que los uniformados de su país “se encontraban en un lugar adecuado para meterse en problemas”. Que culpen al medio que ellos mismos reproducen —ese turismo sexual aberrante— justificando la conducta con el entorno de la ciudad de Cartagena, y no con la actitud de las personas que vienen a visitarla, nos parece un poco aventurado, por decir lo menos. Para que el escándalo se diera, claro, se necesitan dos partes: una ciudad en la que la prostitución es profunda, pero también personas que quisieran acceder a ella. Según informó Caracol Radio, es probable que el Servicio Secreto haya consultado a una agencia para mirar sus opciones de acceder a prostitutas colombianas, como si se tratara de un paquete turístico más. Un bono extra a la importante reunión de naciones. Un servicio VIP que trasciende todo tipo de fronteras: geográficas, legales y morales.
Es por eso mismo que el director del Servicio Secreto de Estados Unidos, Mark Sullivan, se reunió con el presidente Barack Obama para contarle sobre las últimas decisiones que ha tenido que tomar, por el comportamiento en la cumbre. Sullivan mencionó que ya son 12 agentes los involucrados. Nada despreciable la cifra.
Esta es, apenas, la punta del iceberg. Una muestra pequeñísima de lo que es la prostitución en Colombia. Se sabe que en nuestro país esta práctica es legal: una mujer, por obra de su autonomía, puede decidir si embarcarse o no en ese mundo de vender servicios sexuales por dinero. La Corte Constitucional, incluso, lo ha reconocido como un medio de trabajo. Esto es un asunto de libertades fundamentales que respetamos. Otra cosa muy distinta es el boquete que se abre para lapidar los derechos de las mujeres como tratándose de nada: la discriminación, la violencia, el maltrato, la trata de personas (que, según algunos informes, asciende hasta 50. 000 mujeres) y la contratación de servicios desde el extranjero, entre muchas otras.
Es hora de aprovechar este contexto para ir mucho más allá del chiste: nos sirve como una muestra de lo poco que se hace para evitar una infame industria que castiga e instrumentaliza a las mujeres. Por eso es indignante el trato que los colombianos le dan al tema: es un chiste, una pequeña anécdota que, al no reflejar realidades más profundas en la conciencia colombiana, pasa desapercibida y se convierte, incluso, en una campaña publicitaria de una aerolínea. Indignante.
Cartagena, esa hermosa ciudad y destino turístico, sede de eventos importantes como el Hay Festival, el Festival Internacional de Música o la Cumbre misma, es protagonista de una de las desigualdades más grandes del país y muchas veces sus niños, que no tienen edad para decidir sobre sus vidas, son víctimas de la prostitución y de un círculo vicioso que nunca acaba.
La mirada hay que cambiarla. Es deplorable el lugar que ha tenido un debate que debería ser de interés nacional y no un asunto más del ‘folclor’ colombiano y la risa.