El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El homicidio del simpatizante

En la madrugada del lunes pasado, Gerson Jair Martínez, un artista urbano (cantante, pintor, al parecer sostén económico de su familia, entre otras cualidades) destacado en ciertos sectores, fue asesinado en los cerros surorientales de Zuque, detrás del barrio Ciudadela Santa Rosa, ubicado en la localidad de San Cristóbal.

12 de enero de 2014 - 04:00 p. m.
PUBLICIDAD

A los 29 años la violencia le segó la vida. ¿Cuál violencia? La respuesta dista mucho entre lo primero que han dicho las autoridades competentes y lo que aseguran sus familiares.

“No sabemos qué hacer para que no quede impune. Nosotros vimos que tenía dos perforaciones de bala, y los agentes del CTI decían que había muerto desnucado”, dijo su padre. Pero no es solamente la forma de la violencia, sino, sobre todo, su causa: este promotor de la última marcha del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro —marcada esta, pero todas, por un ambiente pacífico entre sus seguidores y detractores— fue encontrado, según sus familiares, con una especie de bandera con el logo de la Bogotá Humana del alcalde Petro. Y eso ya dice mucho.

Esa suspicacia, esa pequeña duda que se levanta, abre un boquete obvio en un país como Colombia, caracterizada toda su historia por tener una ‘mano negra’ que va asesinando sin chistar a quienes promueven un país distinto al que los extremistas (de cualquier sector) le temen. No sobra la preocupación. No sobra cuestionar el hecho de que estas cosas pasen. Porque pasan.

El 10 de enero el alcalde Petro, en la movilización que convocó para ese día, dijo que se trataba de un joven que lo acompañó, que gritó en la Plaza de Bolívar a favor de su mandato, que estuvo dentro de las oficinas de la Bogotá Humana que él representa. “Sabemos con certeza que no fue (un homicidio) para hurtarlo”, dijo en su discurso. La teoría que se levanta de forma contundente, sin embargo, es la contraria: no es nuevo, por supuesto, que a un ciudadano lo maten de forma infame unos delincuentes comunes para quitarle alguna pertenencia.

Muchos asesinatos a líderes sociales (al menos muchas sentencias han fallado así) definen que algunos homicidios son perpetrados por la delincuencia común y no por motivaciones ulteriores. Eso es parte de vivir en Colombia, lastimosamente. Muchas veces la bala que mata aquí no es la misma que mata allá.

Pero la alarma debe prenderse siempre. Ante la menor sospecha la ciudadanía debe ser suspicaz: si viviéramos en otro país, la cosa sería distinta. Pero en Colombia, donde, parte de vivir en ella también supone estar en riesgo cuando uno se levanta por una causa, implica una actitud distinta a la hora de juzgar los hechos.

Mal haríamos nosotros, por supuesto, en afirmar que a este joven artista lo asesinaron por ser el promotor de una causa que polariza al país. Pero mal haríamos, también, en no manifestarnos para decir que, al menos, es extraña su muerte, que no se dio en las circunstancias más claras. Y que genera confusiones y versiones encontradas que deben ser clarificadas. Es pronto aún para que las autoridades nos aclaren el crimen. Pero que lo hagan, por favor. Parte de cambiar esa Colombia, al menos una, es la visibilización de los conflictos que siegan vidas y que se camuflan dentro del barullo de la delincuencia común.

Paz en su tumba. Claridad en las circunstancias de su muerte.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias