El video es frustrante: un joven con camiseta roja es agredido por tres personas vestidas con camisetas del Deportivo Cali y otra vestida de blanco. Lo tumban al piso, lo patean y lo atacan con lo que parece ser un puñal. El joven huye, cruza la calle pidiendo ayuda y se desploma. Así termina su vida. A las pocas horas, la División Mayor del Fútbol Profesional Colombiano (Dimayor) no ve motivo alguno para cancelar el encuentro entre el Cali y el América, equipo del que presuntamente era hincha el hombre asesinado. Se celebra un minuto de silencio como homenaje, pero se escuchan los cánticos de la barra brava del Cali que no ve motivos para respetar la solemnidad del momento. Todos son síntomas graves que no pueden pasar desapercibidos.
Las autoridades caleñas informaron que ya han capturado a tres de los involucrados en el asesinato, donde se incluye un menor de edad. No es mucho lo que se sabe aún sobre los motivos, pero en vísperas de un clásico futbolístico, e involucrando a miembros de las barras bravas, no es difícil ver la conexión. Nuevamente el deporte colombiano se viste de luto y renace la pregunta de cómo vamos a convivir en paz a pesar de las pasiones. No hay razones para que el fútbol cobre vidas por comportamientos irracionales como los que vimos.
Fueron, cuando menos, desafortunadas las declaraciones de Jorge Enrique Vélez, presidente de la Dimayor, en Caracol Noticias. “El incidente no fue en el estadio, ni siquiera se presentó cerca del escenario deportivo. El hecho ocurrió en Cali y no en Palmira, donde fue el partido”, dijo, por lo que “es un asunto de seguridad urbana y eso no tiene nada que ver con el fútbol profesional colombiano”. Unos hinchas asesinan a otro hincha, usando los colores de su equipo, y luego las barras bravas no respetan el minuto de silencio: ¿cómo puede hablarse únicamente de seguridad urbana en este caso? El fútbol no puede lavarse las manos, más si es consciente de la historia de sangre que ha rodeado al deporte favorito de los colombianos.
Hay casos de éxito. En Inglaterra, el trabajo con las barras bravas logró modificar la cultura en torno a los partidos de fútbol. No hay que ir tan lejos: los hinchas del Atlético Nacional y del Deportivo Independiente Medellín vienen en un largo proceso que ha reducido la violencia entre ellos. Algo similar ha ocurrido con las barras bravas en Bogotá. Tal vez es momento de intensificar esfuerzos en Cali. Incluso si el partido fue una causa tangencial de lo ocurrido, eso es razón suficiente para despertar una reflexión y enviar mensajes contundentes, como haber suspendido el clásico hasta que, por lo menos, se aclararan los hechos.
El deporte juega un rol esencial en la sociedad. Todo en torno al fútbol profesional colombiano debe apostarle a la paz, a la convivencia a pesar de las diferencias, a la integración de todos los sectores de nuestra población. Un hincha muerto, un hincha agredido, es un agravio contra el país entero. Como respeto a su memoria debemos seguir preguntándonos qué podemos hacer para que algo así nunca vuelva a ocurrir.
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