Acusado de tráfico ilícito, lavado de activos, asociación para delinquir y homicidio, Makled, si bien un desconocido en este país, para Venezuela y su élite gobernante representa alguien que sabe demasiado. Por años su grupo dirigió en concesión Puerto Cabello, el más importante de Venezuela, y fue accionista de la aerolínea Aeropostal hasta que la compró en 2008. Además del control marítimo y aéreo, Makled extendió su dominio —y de ahí la sensibilidad del chavismo— sobre importantes funcionarios del gobierno. Entre sus principales aliados se encontraban el “cartel de las comisarías”, compuesto por cuerpos de investigación judicial, y el “cartel de los generales”, integrado por la cúpula militar. El capo de capos, sin embargo, no logró salir bien librado de la última disputa entre ambos carteles por el control de las rutas de distribución y tuvo que refugiarse en la frontera.
Una vez capturado, Makled, con la esperanza de una prisión estadounidense, comenzó a ventilar todo tipo de información sobre la corrupción del gobierno venezolano. De aquí que Chávez se apresurara a pedir su extradición y, con la excusa de haber sido ésta la primera solicitud, el presidente Santos la privilegió sobre la de EE.UU. La decisión, por supuesto, obedece a un inteligente cálculo político: Colombia gana al evidenciar su declarada amistad al país vecino, Venezuela gana al poder silenciar su escándalo de corrupción y para EE.UU. —con quien de seguro se consultó la decisión—, la información que podría proveer Makled no le es mucho más provechosa que evitar el disgusto de otro “ataque del Imperio a la revolución bolivariana”. Al fin de cuentas, la inteligencia estadounidense sigue desde hace mucho tiempo los vínculos entre el chavismo y el narcotráfico.
La hábil movida del presidente Santos, sin embargo, no está exenta de peligros por lo que Makled representa. Así suene a frase de cajón, el destino de nuestras naciones sí está unido y mal nos vendría que Venezuela se convierta en tierra de capos del narcotráfico. Infortunadamente, con una delincuencia común disparada que se traduce en hasta 30 homicidios por fin de semana en Caracas, con unas instituciones tan frágiles que apenas sí merecen tal nombre y con una cultura del dinero fácil apropiada con gusto por la “boliburguesía” (burguesía bolivariana), el camino está abonado para que así sea. Y lo peor es que el presidente Chávez todavía no lo cree. El dinero extra que entra a su gobierno a través de funcionarios y la liquidez que le imprime a la economía el narcotráfico parecen ser motivos suficientes para darle la espalda a un cáncer que podría significarle caer en un Estado fallido.
Una desestabilización del poder en Venezuela alimentaría la complejidad de los conflictos en Colombia. Es apenas lógico que las dificultades aumenten cuando la ilegalidad coexiste en ambos lados de la frontera. Así pasa con la gasolina y con el secuestro, y ocurrió en su momento con el robo de vehículos. Ojalá la nueva amistad entre ambos gobiernos traiga mucho más que intercambios de cumplidos y que las agendas se unifiquen para enfrentar los problemas comunes. Makled y su billonario negocio han demostrado que el narcotráfico ha crecido en tales proporciones en el país vecino, que pronto éste tendrá que ser otro de los puntos delicados que entre a la agenda de ambos países. Claro, si Chávez por fin entiende que no puede pretender jugar con fuego y no quemarse.