En la medida en que aumenta el número de migrantes que se desplazan por los países de la región, y a pesar de la acogida que se les ha dado por la mayoría de países y sus ciudadanos, cada cierto tiempo se encienden las alarmas de la xenofobia ante hechos condenables que tienen lugar en algunos lugares del hemisferio. Unos días atrás en Chile, personas que estaban molestas con la llegada de extranjeros llevaron a cabo en Iquique un hecho que ha recibido críticas dentro y fuera del país, cuando fueron quemadas las pocas pertenencias de migrantes venezolanos. Días antes, las imágenes de funcionarios policiales a caballo deteniendo a migrantes haitianos, en el sur de Estados Unidos, también produjeron indignación.
El tema, que ya ha tenido otros capítulos no solo en la región, sino en varias partes del mundo, continuará. Existen personas que tienen un sentimiento de especial rechazo hacia todos aquellos que sienten como una invasión o una amenaza, sin asidero en la realidad. Se trata, en su infinita mayoría, de seres humanos que han tenido que abandonar sus hogares, sus familias o sus fuentes de escasos ingresos, para buscar mejores posibilidades de vida en otros países. El caso de Venezuela ha sido, con su dolorosa realidad, de conocimiento de primera mano en Colombia. Casi dos millones de los cerca de seis millones de venezolanos que han dejado su país, forzados por el hambre, la falta de trabajo, salud, educación o por la dictadura, están aquí. La gran mayoría, como en su momento lo hicieron los colombianos que migraron a Venezuela en los últimos 50 años, son gente trabajadora que quiere labrarse un futuro mejor. Infortunadamente dentro de este número de personas hay una minoría —lo demuestran las estadísticas— que se han dedicado a la delincuencia, aumentando la percepción de inseguridad.
En el caso de Chile, las personas que pasan por Iquique, como se ha visto en otros países de la región, colocan carpas improvisadas en la vía pública, mientras reciben algún tipo de ayuda de los ciudadanos, de las autoridades locales o logran conseguir un trabajo que les permita atender sus necesidades básicas. Mientras tanto, se presentan roces con los lugareños que terminan ampliándose con alguna chispa circunstancial y el resultado final es una gran pira en la que se queman carpas, colchones, ropa, juguetes de niños, carritos para bebés y documentos, mientras cerca de cinco mil personas participan en este tipo de hechos. No en vano el relator especial sobre los derechos humanos de los migrantes de la ONU, Felipe González, calificó el hecho como “una inadmisible humillación”.
En diferentes circunstancias, el caso de los haitianos en una localidad fronteriza con México, en Texas, debe llamar a la reflexión. Cerca de 12.000 migrantes trataban de buscar asilo en Estados Unidos. Normalmente la Patrulla Fronteriza recibe a los migrantes mientras se define su situación. Con el ingreso de los haitianos aparecieron agentes a caballo. Las fotografías generaron fuertes críticas contra el gobierno del presidente Joe Biden, quien salió a los medios para asumir la responsabilidad de lo acontecido. Esto se suma a la forma en que el anterior presidente, Donald Trump, manejó el tema de los migrantes en la frontera con total indolencia y falta de solidaridad. Ilhan Omar, congresista demócrata, calificó lo sucedido como “abusos de los derechos humanos (…) crueles, inhumanos y una violación de las leyes nacionales e internacionales”.
En el caso de Colombia, el presidente Iván Duque asumió un liderazgo internacional con la política adoptada de dar protección temporal a los migrantes venezolanos. Es un hecho que se ha reconocido a escala nacional e internacional. Sin embargo, su ejemplo no ha repercutido en ningún otro país de la región. Es de esperar que, ante el flujo constante de migrantes, se puedan adoptar políticas regionales acordes con una realidad que no va a desaparecer.
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