Los colombianos con frecuencia somos más dados a la crítica que a la valoración de lo que nos rodea, y siempre es oportuno que el Ministerio de Cultura y la Unesco nos recuerden que tenemos lugares privilegiados que nosotros mismos somos los más interesados en conservar y proteger.
Los paisajes culturales son territorios vivos, productivos, que no se limitan a ser escénicos. El Cafetero es un espacio habitado, donde la interacción entre los habitantes y su entorno pueden forjar dinámicas positivas y exaltables. Como lo afirmara Nuria Sanz, jefa de la unidad América Latina y el Caribe del Centro de Patrimonio Mundial, el Paisaje Cultural Cafetero de Colombia “no es testimonio, sino que es realidad, en producción, que combina la tradición y la investigación, sin olvidar procesos de alfabetización, sanidad, vivienda digna. No se trata de un escenario, es una institución que ha desarrollado en paralelo mejoras en la producción y en la calidad de vida de los productores”.
Es oportuno reflexionar sobre el sentido de estas palabras y sobre lo que los expertos mundiales han encontrado como valores excepcionales para la humanidad en este paisaje cultural conformado por 411 veredas cafeteras de 47 municipios de Caldas, Quindío, Risaralda y el norte del Valle. Ciertamente el café ha permeado la vida de los habitantes de la región y ha generado una cultura que contribuyó a consolidar una identidad no sólo a quienes habitan este extraordinario territorio, sino a todos los colombianos. Juan Valdez, el pequeño campesino que combina tradición, tecnología, tesón, compromiso, optimismo y ganas de salir adelante, es quizá la imagen que mejor simboliza esta fusión entre paisaje, cultura y un sector productivo.
Capítulo aparte merece la capacidad del café en nuestro país para generar un capital social en torno a una institucionalidad, reconocida hoy por la Unesco como un valor sin igual en el mundo. El café en Colombia ha hecho y continúa haciendo contribuciones muy importantes a la ciencia por los investigadores de Cenicafé —centro exaltado recientemente por nuestros colegas de El Colombiano como “El colombiano ejemplar”—, ha desarrollado infraestructura social y comunitaria por los comités departamentales de cafeteros en todo el país, ha consolidado una cultura de acción colectiva y de consensos por los productores elegidos a pertenecer a 364 comités municipales de cafeteros y mantiene una capacidad asombrosa de implementación de programas en zonas rurales con un servicio de extensión de más de 1.500 personas simbolizado por el “profesor Yarumo”. El marco institucional que se encuentra detrás del café de Colombia, como lo destaca la representante de la Unesco, es único y merece ser valorado por todos.
El reto de sostener y mantener el Paisaje Cultural cafetero para bien de las generaciones futuras es el que ahora enfrentan sus habitantes. Desarrollar estrategias de turismo sostenible que beneficien a quienes mantienen el paisaje, consolidar planes de ordenamiento territorial que realcen la arquitectura tradicional y que beneficien a los cafeteros de la región será fundamental para que esta declaratoria que hoy nos enorgullece se convierta en una fuente adicional de prosperidad.