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El mundo al revés

No es la primera vez, ni tampoco será la última, que ocurren hechos como los que suceden por estos días: mientras la ONU advierte sobre las espantosas cifras de mortalidad infantil en Somalia, el centro de atención sigue siendo acaparado por la economía y el desplome de los mercados bursátiles, matizado por el vandalismo en Gran Bretaña, las movilizaciones sociales en España, Israel o Chile, así como el desangre cotidiano en Siria y Libia.

14 de agosto de 2011 - 06:00 p. m.
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De allí que sea una vergüenza la poca atención que se da a un desastre humanitario como el que se avecina en África. Según estimaciones de la ONU, aproximadamente 12 millones de personas están amenazadas por la hambruna, dentro de las cuales casi la mitad de la población de Somalia, cerca de 3,7 millones, padece por la gran sequía que ha azotado el país. Allí “el 10% de los niños menores de 5 años mueren cada once semanas”, como lo expresó angustiadamente una funcionaria internacional. Lo anterior en medio de un conflicto armado en el cual la rama militar de Al Qaeda en la zona, Al Shabah, obstaculiza las labores humanitarias. De los US$1.000 millones que se necesitan con urgencia, se ha recaudado menos de la mitad, y el drama recién está comenzando.

Mientras tanto la economía tiene acaparada la atención mundial ante el temor de una segunda recesión, similar a la que se vivió hace tres años y que continúa afectando a la mayoría de los países desarrollados. La baja en la calificación de riesgo de Estados Unidos ha traído coletazos fuertes en todas partes, comenzando por el propio país del norte, y con especial repercusión en Europa, donde las autoridades monetarias tuvieron que realizar operaciones de emergencia con Italia, Bélgica y España, especialmente, para evitar una debacle mayor. ¿Dónde irá a parar la situación? No es fácil decirlo mientras los expertos hacen control de daños y analizan la duración de la actual crisis y sus efectos.

De aquí que los drásticos ajustes aplicados por los gobiernos golpeen principalmente a las clases menos favorecidas, dado que los mayores recortes suelen aplicarse a programas sociales y de asistencia a los más pobres. Es así como en España el movimiento de los Indignados ha convocado una cadena de protesta de jóvenes en diversas ciudades, últimamente con mayor resonancia en Madrid, exigiendo mejores condiciones de trabajo y vivienda. En Israel, y con el lema de Todos somos Egipto, en remembranza de lo ocurrido unos meses atrás en el país árabe vecino, cerca de 250 mil personas se congregaron en Tel Aviv, y otras tantas más en otras ciudades, para exigir mayor atención de parte del gobierno en materia laboral y de opciones de vivienda. En este contexto, el caso atípico ha sido el de Chile, donde existe una economía boyante gracias a los altos precios internacionales para sus productos mineros, y donde miles de jóvenes estudiantes han llevado a cabo gigantescas marchas de protesta para exigir mayor inversión en educación, lo cual tiene al gobierno de Sebastián Piñera en serios aprietos.

Sin embargo, lo que ha acaparado la atención en materia de protestas han sido los hechos vandálicos que han puesto en calzas prietas al gobierno de David Cameron en Gran Bretaña. Se trata de una mezcla de insatisfacción social, furia reprimida de algunas comunidades y la actitud destructora a lo hooligan que miles de desadaptados han aprovechado para saquear e incendiar almacenes y tiendas de diversa clase. A pesar de que la situación parece amainar ante las medidas extremas de seguridad aplicadas por el primer ministro, es evidente que hay latente un germen de creciente frustración que debe se atendido de inmediato por el gobierno.

La conclusión parecería ser la de que no obstante la economía es esencial, son prioritarias las soluciones a los problemas sociales a los que se enfrenta la mayoría de la población por los manejos de ciertos gobiernos. Tanto allá como aquí, ¿para qué esperar a que lleguen las protestas de los desesperados?

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