Ya se oyeron los primeros bombardeos. Tres años de descanso y volvieron. Y quién sabe hasta cuándo se seguirán oyendo, incesantes, los ataques.
Después del ahorcamiento casi público (viral, lo podemos encontrar en internet) del derrocado líder Sadam Husein por los crímenes que cometió contra la humanidad, el país se sumergió en un caos prolongado que se ha vuelto la impronta de su diario vivir. Muy alejada de esa pretendida democracia que allí quiere instaurarse, la violencia es la que manda la parada es la punta visible (y malévola) de toda esta guerra sectaria, es la avanzada militar que desde junio han hecho los yihadistas del Estado Islámico (EI), amenaza suprema de la ya escasa estabilidad del país y de la región entera. Para no ir muy lejos en su descripción, este grupo rompió lazos con Al Qaeda por considerar conservadora su forma de hacer la guerra.
El sueño que tiene Estados Unidos de que Irak sea un ejemplo de democracia en esa región se ve amenazado por este ejército de fundamentalistas, quien no comparta su visión del Islam es pasado por las armas. Su cabeza rodará. Pero esto es sólo el principio, la finalidad ulterior es consolidar un califato en sus áreas de dominio, Siria e Irak. Aunque van por más, es una auténtica Guerra Santa. Todo esto ante la mirada de un Estados Unidos que siente la responsabilidad ética de intervenir luego de haber hecho tanto daño en Irak. Aunque la ayuda llega tardía, se parece más a una medida tomada a último minuto producto de la impaciencia.
Sin embargo, ¿podría Estados Unidos, simplemente, dejar a estas sociedades libres para elegir lo bueno y lo malo en un estilo de vida propio? superficialmente podría decirse que sí. Por lo menos a un nivel ético, ya que esta discusión trae a colación el eterno debate de lo que debe o no hacer Occidente frente a costumbres de otros pueblos que lucen (ante sus costumbres y principios) como inhumanas.
Pero hay más en toda esta historia de las intervenciones. Los yihadistas están imponiendo una visión propia y extrema del mundo a la población civil. ¿Hasta dónde debe llegar el rechazo de Occidente ante la intolerancia de grupos armados? La línea no está muy clara.
Lo que sí es bastante claro es la incidencia práctica que esto puede tener en las relaciones de Estados Unidos con ese lado del mundo; armándose cada vez más y conquistando territorios para redefinir su esencia y naturaleza, la desestabilización de la región podría romper los canales de comunicación. No podría Estados Unidos negociar con los enemigos y, esa es una razón política poderosa que les asiste, mucho más allá de las consideraciones éticas. La otra, ética (al menos en apariencia), es el experimento democrático que quiere a Irak como ejemplo.
¿Qué pasa allá mientras tanto? El primer ministro iraquí, Nuri Al-Maliki, ya sacó sus unidades militares chiíes (la facción mayoritaria) a las calles de Bagdad.
Pero el meollo del asunto, el principio rector que allí debería imponerse es que estas dos facciones, la mayoría chií y la minoría suní, puedan coexistir en paz, bajo el régimen de Husein lo hacían como consecuencia lógica de la practicidad de una dictadura. Pero el Gobierno sí debería ir pensando en lograr una política mucho más incluyente que se oponga a los fundamentalismos extremistas. Y para ese lado, también, debería ir la avanzada diplomática en esa región.