En el caso de Francia, el candidato ganador ha sido cauto en cuanto al giro que pueda darle al timón. Hollande conoce la experiencia de François Mitterrand, quien condujo a los socialistas a catorce años de gobierno entre 1981 y 1995. Luego del triunfo, Mitterrand quiso aplicar políticas económicas acordes con su visión política, pero un año y medio después se vio forzado a corregir el rumbo y adoptar un esquema más ortodoxo. Ahora, para el nuevo ocupante del Palacio del Elíseo, las cosas son más complejas que antes, pues tiene que maniobrar, además de con la situación interna de su propio país, con dos camisas de fuerza: la Eurozona y los omnipresentes mercados. Son realidades que no puede soslayar.
En cómo resuelva esta paradoja radica su habilidad política, que se dará a conocer tan pronto asuma el cargo el próximo 15 de mayo. Una vez posesionado, su primera visita será a Ángela Merkel, quien le comunicó que lo espera con los brazos abiertos, pero que el pacto fiscal que ella lideró, con el apoyo de Nicolás Sarkozy, es inmodificable. Hollande lleva en la maleta su propuesta de un plan de crecimiento que permita a Europa paliar de esta manera los efectos de las actuales medidas y, de otro lado, lograr que la Dama de Hierro acepte un giro, si bien no radical, al menos sí lo suficientemente necesario para satisfacer a los indignados votantes. Y no sólo los franceses, sino que repercuta en los griegos y aquellos en otros países que están sufriendo en carne propia los rigores del ajuste.
El caso de Grecia es más extremo dado que el ‘paquetazo’ se aplicó allí sin contemplaciones y ha estado acompañado de masivas protestas y huelgas. La cuenta de cobro la pagó el entonces partido gobernante, Pasok, y ahora les llegó el turno a los conservadores de Adonis Samaras, en el poder, los cuales a pesar de haber obtenido la mayor votación con un estrecho margen, no fueron capaces de formar gobierno. Alexis Tsipras, líder de la coalición de izquierda Syriza, quien no cree en la salida del euro pero sí en revertir las medidas, desistió ayer de intentar formar un gobierno de coalición. Lo más preocupante es que, tanto en Francia como en Grecia, los partidos de ultraderecha y xenófobos obtuvieron una representación importante. Muy alta en el primer caso y con una presencia significativa en el Parlamento en Atenas.
Lo cierto es que en el bolsillo de los más perjudicados lo que es una recesión se siente como una depresión. Según los analistas, los niveles de desempleo están por el orden de los 25 millones de personas, con lo cual no se puede incentivar el consumo ni el crecimiento y lo único que aparece en el horizonte es más de lo mismo. Ahora, luego de la visita que Hollande haga a Alemania y a Bruselas, deberían comenzar a verse cambios en un tiempo prudencial. Los votantes lo exigen ante el cansancio del manejo conservador que han venido dando los gobiernos de derecha, tendiendo más a la estabilidad derivada de los requerimientos de los mercados que a las necesidades básicas de la mayoría de la población.
Aunque es muy temprano para predecir hasta dónde llegará el sacudón, lo cierto es que parece haberse llegado al llamado punto de inflexión donde el péndulo debe girar de nuevo hacia el centro y la izquierda. La voz de las urnas es concluyente y quienes no quieran escuchar su inconformidad terminarán pagando un alto costo político en elecciones futuras.