El realismo de Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel se impuso y la consecuencia directa será la adopción de un pacto fiscal en el cual los Estados ceden parte de su soberanía para garantizar el bien común. La excepción corrió por cuenta de Gran Bretaña, que prefirió aislarse del continente antes que aceptar el remedio propuesto.
Se suele decir con razón que en los momentos de crisis afloran lo mejor y lo peor de los pueblos. En este caso, y sin caer en maniqueísmos, lo cierto es que se ha sincerado una situación que ha estado gravitando por muchos años desde la creación de la unión en la Europa de la posguerra. Por un lado, Gran Bretaña se ha debatido entre los euroescépticos, representados por el Partido Conservador del actual primer ministro David Cameron, y los europeístas, que como paradoja son abanderados por los liberales del actual viceprimer ministro, Nick Clegg. Mientras tanto, la mayoría de los países del continente habían aceptado un poco a regañadientes que sus socios insulares tuvieran un pie dentro, en lo político, y otro fuera en lo económico, a pesar de los obstáculos que ello representaba para avanzar más rápidamente.
La receta de Merkel y Sarkozy es dura, pero era la opción de salvar el euro como moneda única y adoptar una serie de medidas que permitan a la Eurozona sobrevivir a los embates del duro momento por el que atraviesa el Viejo Continente. Como en El contrato social de Rousseau, aquí también se trata de que los Estados cedan parte de su soberanía fiscal para adoptar procesos de regulación que serán supervisados por un ente supranacional y, llegado el caso, se deberán aplicar sanciones a aquellos que no cumplan con lo acordado. Así de simple y así de complejo. De esta manera se entra a corregir las fallas que se presentaron en el momento del nacimiento de la unión monetaria hace más de una década y las cuales han aflorado con intensidad en medio del presente maremágnum. La fórmula que se va a aplicar es la del mecanismo de las dos velocidades, es decir, que obliga de inmediato a los países que están dentro de la misma y luego se aplicará a los restantes dentro del concepto de una Eurozona ampliada que cobije a los 27 miembros.
Sin embargo, como suele suceder, este es un primer paso de gran importancia, pero que no garantiza per se un resultado positivo. Ahora viene la segunda parte de la historia, que es la puesta en práctica al tener que acordar la letra menuda de las medidas adoptadas. Lo cierto es que el nuevo instrumento que vaya a acordarse, en la modalidad de un tratado, debe conducir necesariamente a corregir las fallas originales y definir así un mecanismo de gobernanza ágil y eficaz para la adopción de las decisiones. En lo concreto se ha valorado de manera positiva la decisión de aportar al Fondo Monetario Internacional (FMI) 200.000 millones de euros para aquellos países con mayores dificultades de liquidez. De esta manera, y como lo mencionaran algunos analistas, al menos las economías de Italia y España podrán respirar con mayor tranquilidad, a diferencia de lo que tenían entre pecho y espalda unos días atrás.
La pregunta que surge es qué le espera a Gran Bretaña con su aislamiento del resto de sus pares europeos. A pesar de la declaración inicial de David Cameron en la cual se manifestaba contento de no estar en el euro, su socio eurófilo en el gobierno, Nick Clegg, no ocultó su preocupación y dejó constancia de que la situación no era buena para el Reino Unido, al decir que existe un claro riesgo de quedar “aislado y marginado en la Unión Europea”. En este escenario los analistas creen que se acabó el juego a dos bandas en el cual, sin estar en el euro, Londres sacaba provecho del mismo y que en el futuro habrá mayores consecuencias negativas para los británicos. La historia lo dirá.