El martes cerramos con una noticia que, pese a ser predecible para todos, no aminoró el sentimiento de nostalgia que hoy sentimos: la muerte de Pacheco, un ícono de la televisión colombiana, pero sobre todo un compañero permanente de millones de personas que lo siguieron y admiraron durante décadas enteras a través de una pantalla. Pacheco, a su modo, lo tuvo todo: el carisma y el ingenio, la creatividad y la sagacidad, el respeto y el cariño.
Era eso: el cariño que supo ganar entregándose una vida entera al espectáculo, dejando muchas veces la banalidad característica del medio a un lado. Lo supo hacer con clase, sin forzar las cosas, con una naturalidad probablemente inherente a él. Tal fue esa amalgama entre lo divertido y lo serio, que la guerrilla del M-19 lo secuestró en 1981 para explicarle a toda Colombia las razones por las que se alzaron en armas. ¿Un animador? No. Se trataba de un hombre de medios integral, que era capaz de transformarse de un escenario a otro. Héroe de los niños, de los viejos, de los papás y de los hijos. Difícil.
Pacheco tuvo una carrera histórica en la televisión: más de 20 programas, que iban desde los culturales, como las entrevistas a grandes personajes en Charlas con Pacheco, hasta los de concurso, como Compre la orquesta o ¿Quiere cacao?, la evolución moderna de su inolvidable interacción con las loras domesticadas en Animalandia. Todo. Obras de teatro también. Actuaciones en series de televisión también. Una carrera prolífica explotada por un talento sin par. Es difícil encontrarse a un colombiano de cierta generación que no recuerde a Fernando González Pacheco. Que no entienda su estatura histórica, su legado y sobre todo que no lo quiera.
Amigo de esta casa editorial, Pacheco condujo por un tiempo la columna Martes Taurinos, en la que hacía un cubrimiento (juicioso y divertido) de las corridas a las que era enviado. E infaltable, durante años y años consecutivos, en la fiesta de diciembre para los hijos de los empleados, para la cual prácticamente trasladaba su programa Animalandia a las antiguas instalaciones de este diario. Un éxito. Un espectáculo. La felicidad misma. Y por puro cariño a esta casa.
Aventurero y curioso, Pacheco se embarcó en una infinidad de proyectos a los que supo sacarles buen provecho: ganó una competencia nacional de ping-pong, fue campeón de boxeo en un torneo de Bogotá, jugó fútbol, fue buen hincha del Santa Fe, se lanzó en paracaídas… Fue, también, jugador de cartas, buen bebedor, excelente conversador. Podía estar un día disfrazado de payaso y otro metido en una jaula de leones y otro entrevistando a un invitado de alto nivel y otro animando niños. Infinito, Pacheco.
Y colombiano, sobre todo. “Yo nací en España, pero crecí y me hice en Colombia, y más que nada soy eso, colombiano, y un eterno agradecido con los colombianos”. Al contrario. El cariño y el agradecimiento hoy van en reversa. Se ve. Se siente en los múltiples especiales mediáticos y homenajes que se rinden en su honor, por su muerte luego de una larga enfermedad que lo recluyó en el aislamiento. Desde la pantalla chica, sin embargo, este hombre nos dio, durante años, un sinnúmero de alegrías.
Paz en la tumba de Fernando González Pacheco. Un hombre distinto. Un hombre integral. Querido por todos.