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Guerra por la paz

LE HABRÍAN DADO EL PREMIO NOBEL de la Paz al presidente Barack Obama de haber sabido que daría la orden de enviar 30.000 soldados más a la guerra de Afganistán?

11 de diciembre de 2009 - 06:00 p. m.
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Ocho años después de iniciados los combates, los estadounidenses se enfrentan a cerca de 800 bajas, 68.000 soldados en ejercicio y más de 200.000 millones de dólares invertidos en una guerra que no le ha asegurado la legitimidad al gobierno afgano y sí ha radicalizado el poder de la insurgencia talibán. Una guerra, no obstante sus costos, que en su discurso de aceptación del Premio Nobel, Obama no dudó en calificar como justa.

La paradoja de estar involucrado como jefe de gobierno en dos guerras, una en Afganistán y la otra en Irak, mientras recibe un generoso reconocimiento a sus capacidades para conseguir la paz, no fue obviada por el Primer Mandatario. Es más, el discurso pronunciado en el Auditorio Municipal de Oslo fijó su atención en la justificación de la guerra en Afganistán y lo que está en juego en una región que, junto con Pakistán, ya antes había definido como “el epicentro del violento extremismo practicado por Al-Qaeda”.

Inspirado en Martin Luther King, quien recibiera el mismo galardón en 1964 y cuyo nombre salió a relucir en seis ocasiones, Obama aprovechó para persuadir a su público de que anhelar la paz no es condición suficiente para conseguirla. También puntualizó que no “hay nada débil, nada pasivo ni nada ingenuo en las creencias y en las vidas de Gandhi y King”, queriendo expresar que bajo determinadas circunstancias el pacifismo es insuficiente. La inutilidad de un movimiento no violento frente a los ejércitos de Hitler fue el ejemplo con el que argumentó que las conversaciones con Al-Qaeda no han dado los resultados por todos esperados.

Frente a las armas que éstos detentan y se niegan a deponer, justificó el empleo de la violencia. Expresó, en lo que quizá sea el momento más memorable de su discurso, que “habrá momentos en los que nuestras naciones encontrarán el uso de la fuerza no sólo necesario, sino moralmente justificado”. La guerra justa, que ya antes ha sido motivo de discusión, llevaría a la paz siempre y cuando pueda constatarse que las vías diplomáticas se han agotado, el uso del poder coercitivo se abstenga de castigar a los civiles y exista una proporcionalidad en las medidas de choque empleadas. Recordó, en la misma línea del respeto a los estándares morales exigidos a quienes no encuentran otra opción que hacer la guerra, que los Estados Unidos no están en capacidad de actuar en solitario, con lo que implícitamente se aferró una vez más al multilateralismo del que tanto rehusó su antecesor, George W. Bush, en el momento en el que lanzó su guerra contra el terrorismo. Y volvió al tema de la prohibición de la tortura, el cierre de la prisión de Guantánamo y la sujeción a los Convenios de Ginebra.

Quizá al presidente Obama le sería mucho más fácil exigir el retiro completo de las tropas de Afganistán. Una encuesta reciente del diario New York Times y la cadena CBS confirma que ha perdido apoyo entre la opinión pública. Su nivel de aceptación, que en un sondeo idéntico realizado en abril del año pasado se ubicaba en un 68 por ciento, cayó al 50 por ciento. El 51 por ciento de los estadounidenses apoyan el envío de tropas a Afganistán, cuyo número los republicanos consideran aún insuficiente, y la economía, no la guerra, figura como el asunto que más preocupa a los encuestados. Pero como lo relató en una exposición anterior, en caso de una crisis, facciones radicales pueden hacerse al manejo de Pakistán, país que cuenta con armamento nuclear. La amenaza es entonces verdadera. Obama optó por un discurso polémico pero valiente, anclado en el realismo.

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