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Japón y el fantasma nuclear

CUANDO LAS IMPRESIONANTES imágenes de la televisión dejaban avizorar la magnitud de la catástrofe vivida en Japón tras el terremoto y el posterior tsunami, ahora el país asiático se enfrenta, en medio de un civismo ejemplar, a la amenaza de una nueva e incierta tragedia como producto de los daños causados en una central nuclear que podría liberar una gran carga radiactiva al ambiente, con gravísimas consecuencias.

15 de marzo de 2011 - 06:00 p. m.
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A pesar de que todavía no es posible cuantificar con certeza el desastre ocasionado por el fenómeno natural, los datos que salen a la luz son aterradores. Cerca de 6.500 muertos, aunque los cálculos pesimistas están entre 15 mil y 20 mil. El número de heridos también es considerablemente alto y según algunos analistas las pérdidas económicas superarán los 183.000 millones de dólares, lo que corresponde al 3% del PIB de Japón. En materia de infraestructura se calcula que más de 76.000 edificios han resultado dañados, de los cuales 6.000 se hallan completamente destruidos.


Como si lo anterior fuera poco, a medida que pasan las horas aumenta la incertidumbre, pues a pesar de los grandes esfuerzos para minimizar las consecuencias de los daños causados en la central de energía nuclear de Fukushima Daichi, las cosas no parecen mejorar. Debido a los fallos presentados en los sistemas de refrigeración de los reactores nucleares como consecuencia del terremoto y el tsunami, y al sobrecalentamiento que viene aparejado, se ha liberado vapor con partículas radiactivas a la atmósfera. Si todos las medidas previstas fallan, podría darse una fuga de grandes proporciones que genere a su vez una nube radiactiva que podría desplazarse hacia grandes centros urbanos. Ante dicha eventualidad, el gobierno, en cabeza del primer ministro, Naoto Kan, ordenó evacuar cerca de 200 mil personas del área y se toman la previsiones del caso por si la situación se agrava aún más, dado que ya en Tokio los niveles de radiación han aumentado 20 veces por encima de los niveles normales. Todo lo anterior en el país que en 1945 experimentó los efectos demoledores de las dos bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki.


También se han hecho sentir los efectos en el plano internacional, pues algunos analistas especulan sobre cuáles serán las repercusiones en la economía mundial, mientras el primer ministro ruso, Vladimir Putin, habla de una nueva crisis económica derivada de la situación. La gravedad radica en que ante el reciente aumento de los precios de los combustibles por la crisis en el Medio Oriente, el que ahora se cuestione la seguridad de las plantas de energía nuclear deja, de por sí, demasiadas preguntas por responder. La canciller alemana, Ángela Merkel, aprobó postergar por tres meses la prolongación de la vida útil de la centrales nucleares de su país, mientras que Suiza canceló las licencias en curso y en Austria piden nuevas pruebas de resistencia en sus plantas. En Estados Unidos, las autoridades consideran que sus estructuras cumplen con todos los requisitos para este tipo de contingencias. En América Latina se ha reabierto el debate sobre este tema en Chile, país con altísima actividad sísmica, mientras que países como Venezuela ya anuncian la suspensión de su programa nuclear.


De momento, los expertos creen que lo que vaya a suceder en Japón pueda estar a medio camino de lo ocurrido en 1979 en Three Mile Island, en Estados Unidos, sin mayores consecuencias, y Chernobil, en Ucrania, el accidente más grave ocurrido hasta hoy. Lo cierto es que la coyuntura actual ha puesto el tema sobre la mesa y debería conducir a un profundo y serio análisis mundial sobre este tipo de energía y sus medidas de seguridad, las cuales, como sucede hoy en el país asiático, a pesar de todas las previsiones hechas durante su construcción, tienen a los habitantes a la espera, en medio de la angustia, del desenlace en Fukushima.

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