Ese ejemplo tragicómico de Medellín nos permite hablar de un estudio preocupante. La Facultad de Derecho de la Universidad Libre advirtió que tres de cada diez colombianos prefieren vengarse de su agresor antes que presentar la denuncia ante las autoridades. ¿Cómo es posible que en un país con una historia tan dolorosa por culpa de las iniciativas de “justicia por mano propia” siga viendo en el “ojo por ojo” un modelo válido de resarcir los delitos?
La respuesta está en el hacinamiento y, más generalmente, la evidente ineficiencia de la justicia colombiana. Laura Guevara, abogada y autora de la investigación, explicó que entre los colombianos abunda la percepción –bien justificada, por cierto– de que los operadores judiciales están congestionados y, además, campea la incompetencia en los despachos judiciales.
“Actualmente, un proceso ordinario, que debería definirse en máximo 12 o 24 meses, se demora hasta cinco o diez años, razón por la cual la mayoría de ciudadanos prefiere hacer justicia por propia cuenta”, le dijo Guevara a El Espectador. Esta información no es nueva; son numerosos los estudiosos que advierten de la demora en los despachos del país. Sin embargo, no podemos permitir que se normalice esa falta de eficiencia. Es totalmente inconcebible que un proceso tarde hasta diez años en ser resuelto. Eso no es justicia.
Por supuesto, no es sólo problema de los operadores, porque la realidad es que están abrumados de trabajo. Como retoma el estudio que venimos discutiendo, en el país solo hay 11 jueces por cada 100.000 habitantes y a cada uno le correspondieron el año pasado 390.974 procesos, de los cuales el 99 % no tuvo sentencia.
En medio de ese caos, la justicia por mano propia se convierte en un mecanismo para solucionar la frustración. Sólo en Bogotá, hay un muerto por este tipo de “justicia” cada tres días y, entre 2014 y 2017, según cifras de Medicina Legal, cerca de 300 personas fallecieron por linchamiento.
No sobra decirlo: el “ojo por ojo” no es la solución adecuada. El derecho al debido proceso y a un aparato judicial alejado de las pasiones del momento es uno de los pilares de nuestra sociedad; si lo abandonamos, estamos permitiendo las mismas lógicas que terminaron en las masacres paramilitares que todavía están recientes en la memoria de los colombianos.
Dicho eso, no puede ignorarse que una de las raíces del problema es la frustración. No podemos seguir posponiendo indefinidamente una reforma a la justicia que no sólo dote el país de más recursos, sino que entienda que construir más cárceles no es una apuesta correcta a largo plazo. Hay que cambiar la manera en que se priorizan los delitos y aprovechar las penas alternativas para atender rápidamente las ofensas menores. Si permitimos que los ciudadanos pierdan la fe en la justicia, las consecuencias seguirán siendo nefastas.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.