En un mundo cada vez más globalizado, las campañas domésticas están sometidas a la permanente vigilancia de los ojos foráneos. Colombia, además, tiene serios problemas fronterizos con algunos de sus vecinos. Ha habido escaramuzas de guerra con Venezuela y con Ecuador, desde el bombardeo al campamento de Raúl Reyes en territorio extranjero, no hay relaciones diplomáticas. El manejo de la agenda externa es por tanto un tema de crucial importancia para los electores. Los candidatos emiten sus opiniones, algunas más enérgicas que otras, y es natural que se generen reacciones.
En el debate organizado por El Espectador, Canal Caracol y Caracol Radio, la pregunta sobre un hipotético bombardeo a un campamento guerrillero en otro país que no coopera puso en problemas a más de uno. En particular a Juan Manuel Santos, quien autorizó la ‘Operación Fénix’ en Angostura, se declaró orgulloso de la misma y aceptó que perseguiría a “terroristas donde estén”. El gobierno de Rafael Correa no tardó en notificar que no debía confundirse el pacifismo con la sumisión. La justicia ecuatoriana sacó a relucir el inaudito caso que le sigue la Corte de Justicia de la provincia de Sucumbíos al ex ministro, acusado de asesinato por la Fiscalía. Y el presidente Hugo Chávez, quien no podía pasar de agache ante tan provocativa oportunidad, decidió irse lanza en ristre contra el candidato del Partido de la U, a quien tildó de “lobo disfrazado de Caperucita” y sobre cuyo ascenso a la presidencia, dijo, podría “generar una guerra”.
En este último caso, razón tiene el Ministerio de Relaciones Exteriores al difundir un comunicado en el que considera inaceptable la intervención venezolana en la campaña electoral. En efecto, se está violando el principio básico universal de no intervención en los asuntos de otros países. Algo va de las opiniones generales acerca de los candidatos y sus programas de gobierno, una actitud que incomoda, pero difícilmente puede ser considerada como una real intervención en el mundo de hoy, a los ataques personales y las amenazas con las que el presidente Chávez desea amedrentar al pueblo colombiano. Independientemente de si logra o no su objetivo, de si algún otro candidato pierde o gana votos con su proceder, querer activar el miedo que produce la sola posibilidad de una guerra ya es suficiente motivo para sentar una enérgica nota de protesta.
Por esa misma razón el presidente Uribe debería abstenerse también de cualquier declaración que pueda ser interpretada como un aprovechamiento de la enemistad con Hugo Chávez para patrocinar y defender al candidato de sus afectos. Frente al rechazo que hizo de la intervención de gobiernos extranjeros en las elecciones del próximo 30 de mayo, durante un consejo comunal en Puerto Berrío, Antioquia, hay quienes se preguntan si se habría dado la misma enérgica oposición en caso de que Chávez hubiese atacado la candidatura, por ejemplo, del líder del Polo Democrático, Gustavo Petro. Por lo demás, ya que la Cancillería estaba preparada para responder, como en efecto lo hizo, por qué desconocer los canales legítimamente instituidos para enfrentar este tipo de situaciones.
Las tormentosas relaciones seguirán siendo un tema álgido en lo que queda de estos comicios porque, en medio de la indignación por la intervención de Venezuela, no sobra recordar que las deterioradas relaciones de hoy son consecuencia del mal manejo de ayer, que incluyó, varias veces, hacer política con los vecinos.