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La muerte de un narrador

SOLÍA DECIR EL ARGENTINO TOMÁS Eloy Martínez, como en la frase de Oscar Wilde, que “El único deber que tenemos con la historia es reescribirla”.

01 de febrero de 2010 - 06:00 p. m.
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Derrotero este que persiguió, con tino y dedicación, hasta la llegada de su muerte, a la edad de 75 años, que lo encontró trabajando en una novela sobre el Holocausto y la última dictadura argentina, cuyos dos capítulos finales dejó escritos en borrador.

Víctima de un cáncer por el que le pronosticaron, hace tres años, que no viviría más de uno, Tomás Eloy Martínez colaboraró para El Espectador, periódico que describió en 2007, en una entrañable tertulia en Cartagena con, entre otros, García Márquez, Fuentes y Anderson, como un ejemplo de periodismo para América Latina.

Inició su carrera como corrector de pruebas en el diario La Gaceta, en Tucumán, su ciudad natal, y trabajó para Primera Plana, La Opinión, La Nación, The New York Times y El País de España. Veía en el periodismo la oportunidad de narrar las verdades, que no la verdad, de un mismo hecho a partir de diferentes puntos de vista. Creía en la importancia de ponerse en el lugar del otro y se lanzaba, por lo mismo, a sus crónicas y reportajes con irremediable sentido del compromiso: el suyo era un oficio convertido en servicio, en labor social.

Quizá también por ello, y sin duda porque se supo rodear de amigos tan decisivos para las letras latinoamericanas como García Márquez y  Fuentes, incursionó con éxito, desde el periodismo, en la literatura. Y viceversa. Cualquiera sea la etiqueta con que su extensa obra deba ser estudiada, lo cierto es que se mantuvo fiel a su interés en una narrativa que va más allá de la descripción escueta y noticiosa de hechos que son presentados como estrictamente reales y objetivos.

De esta suerte de ficción en la realidad, de relato verdadero a partir de la imaginación, provienen dos de sus novelas más destacadas. Santa Evita y La novela de Perón, casi que por encima de cualquier otra recreación letrada del populismo en Argentina y los pasos previos a las dictaduras militares, son libros de consulta obligatoria y grata recordación. Cómo olvidar, si no, ese personaje magnífico que es el coronel Carlos Eugenio de Moori Koening, con quien el lector de Santa Evita emprende un viaje hacia los placeres ocultos de la necrofilia, de la obsesión y el enamoramiento del cuerpo insepulto de Evita que estructura el relato de la que probablemente es, según los entendidos, la novela más traducida en la historia de la literatura argentina.

A estas dos novelas, que bastante le deben a sus duros años de exilio obligatorio en Venezuela en la década de los 70, cuando la organización terrorista de ultraderecha La Triple A amenazó con ponerle fin a su vida, deben agregarse otros libros igualmente exitosos como El cantor de tango, La mano del amo, El vuelo de la reina y Purgatorio, así como la colección de relatos Lugar común la muerte y el relato periodístico La pasión según Trelew, tan temido por los militares, que a la hoguera fue a dar durante la dictadura.

La partida de Tomás Eloy Martínez, el cronista, ensayista, novelista, columnista, crítico de cine y destacado periodista de Tucumán, el eterno profesor y conferencista, el fundador de periódicos y revistas, es una pérdida invaluable para las letras. Con razón hay quienes estiman que convirtió el periodismo en obra literaria y la literatura, también, en deudora de lo mejor del periodismo.

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