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La trampa de consentir a las audiencias

16 de junio de 2019 - 02:00 a. m.
El diálogo constante que se produce entre un medio, su audiencia y sus caricaturistas es complicado; un campo minado de sensibilidades que pueden ser ofendidas. / Ilustración: Mico
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Un mes después de que la edición internacional de The New York Times (TNYT) publicara una caricatura que recibió críticas por ser considerada antisemita, el periódico anunció que a partir de julio no dedicará más espacio a caricaturas políticas. ¿Estamos los medios de comunicación, en la nueva realidad digital y financiera del periodismo, tentados a dejarnos llevar por la influencia de audiencias poco tolerantes de los contenidos que consideran ofensivos?

La caricatura en cuestión, hecha por el portugués António Moreira Antunes, dibuja a Donald Trump ciego, usando una kipá y siendo guiado por un perro que lleva el rostro del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Con razón, organizaciones judías denunciaron el uso de iconografía similar a la empleada por la propaganda nazi durante el holocausto y la tildaron de antisemita. El periódico ofreció disculpas por la publicación y dijo que había sancionado al editor que decidió publicarla.

Después, James Bennet, editor general de las páginas de opinión de TNYT, escribió que “por más de un año hemos considerado equiparar la edición internacional con el periódico local, acabando las caricaturas políticas diarias”. Así no más, los caricaturistas que trabajaban para el diario se quedaron sin su espacio.

Más allá de las consideraciones sobre una caricatura puntual, nos parece que un medio de comunicación que renuncia a un formato de opinión con tanta historia y tanto impacto está prefiriendo la comodidad por encima del aporte a los debates públicos.

Las caricaturas, por su naturaleza, tienden a caminar sobre la fina línea entre la crítica punzante y la ofensa. Su arte consiste en descontextualizar, ridiculizar y darles un enfoque distinto, muchas veces descarnado, a las realidades que denuncia. Por supuesto, eso se presta para descaches y problemas. En El Espectador tenemos una larga historia de escándalos y debates surgidos alrededor de caricaturas que han transgredido, a veces sin éxito o utilidad, los límites de lo que la sociedad considera “aceptable”. Por eso mismo nos parecen esenciales, además de que, en comparación con otros formatos, su difusión es mucho mayor en un mundo digital construido para celebrar lo visual.

El diálogo constante que se produce entre un medio, su audiencia y sus caricaturistas es complicado; un campo minado de sensibilidades que pueden ser ofendidas. Sería mucho más sencillo tomar una decisión como la de TNYT, pero, ¿no es una labor del periodismo de opinión el explorar los puntos de tensión de las sociedades?

El caricaturista de TNYT internacional Patrick Chappate dijo que “estamos en un mundo donde las turbas moralistas se reúnen en las redes sociales y se levantan como una tormenta, atacando las salas de redacción con golpes contundentes”. Si bien es una declaración rimbombante, le apunta a una pregunta que los periodistas estamos llamados a rumiar a diario: ¿la dinámica de la internet social, donde se favorecen las burbujas epistémicas y se castigan las posiciones incómodas gracias a la dictadura de los algoritmos, nos está llevando a producir contenido que, sabemos, le va a consentir los sesgos intelectuales a nuestra audiencia? Si es así, estamos fallando en nuestro rol.

Ahora que, por el modelo económico, el control de los medios volvió a las audiencias (sin las cuales no vamos a poder sobrevivir), vemos una paradoja: es bueno que se democratice el control de nuestra labor, pero se aumenta el riesgo de vernos aplastados por la mentalidad de la turba. Les preguntamos a nuestros lectores: ¿cómo podemos evadir esta trampa?

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.

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