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Llamados a la solidaridad

Diciembre es un mes que se presta para muchas cosas. Buenas y malas.

23 de diciembre de 2011 - 06:00 p. m.
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La unión de las familias, el reencuentro de personas o los ambientes festivos en las calles de las ciudades. Asimismo, se presta para el abuso de la pólvora y del alcohol, para las grandes congestiones, para gastar más de lo debido. Pero, igual, los colombianos parecen percibir de una forma más positiva que negativa ese extraño aire que se respira al final del año. Y algo de suma importancia sucede: se despierta la solidaridad. Esa misma que inspira a las personas a sensibilizarse por las carencias ajenas, las bocas sin comida, los árboles de Navidad sin regalos.

Y, como no sucede en ningún otro momento del año, los colombianos se unen por una sola causa: ayudar a los que lo necesiten. Para que, al menos, pasen una mejor Navidad y Año Nuevo. No sólo se trata de acciones individuales (que las hay, de personas que compran regalos para desconocidos que no tienen nada), sino colectivas y de raigambre más multitudinario.

Este año tenemos dos ejemplos bastante visibles: el primero, la Teletón Colombia 2011, celebrada hace unas semanas en las instalaciones del Palacio de los Deportes de Bogotá, con la presencia de varios artistas y del presidente Juan Manuel Santos, y la producción conjunta de Caracol y RCN por televisión, en la que se recaudó (por debajo de la meta) la nada despreciable cifra de $10.492’452.055 para las personas que viven en condición de discapacidad.

Y el segundo, realizado por la Asociación de Damas Protectoras del Soldado y la W Radio, en el que, todos los años, realizan una campaña que consiste en recoger fondos para entregar a 300 soldados del Ejército heridos en combate, que están mutilados y desamparados. Dos eventos, pues, que nos gustaría rescatar un día como el de hoy, en el que la solidaridad aparece y nos vuelve menos indolentes y más preocupados por los problemas de quienes, aunque no conocemos, son miembros del mismo país.

Pese a esto, se nos antoja decir algo: en un país normal esto no debería suceder. Para las personas con discapacidad deberían existir programas no sólo legislativos, sino también de obras públicas, para acondicionar las ciudades —como ha sucedido en algunas zonas de Bogotá—, entre otras muchas cosas, para que estas personas tuvieran un acceso más igualitario al mundo. Y, de igual forma, los soldados: la guerra intestina que vivimos y que deja saldos impresionantes de personas heridas, damnificadas o muertas, no debería seguir, en un conflicto que se ha vuelto secular y absurdo.

Mientras llegamos a un estado superior de nuestras propias formas de vivir, sin embargo, ojalá actos como estos que hoy destacamos se sigan repitiendo año tras año. Los llamados a la solidaridad dejan ver una esperanza de fondo: que muchos confiamos en que todo puede mejorar. Estas campañas nos lo recuerdan y no lo podemos dejar a un lado un día como hoy. Porque es en estas fechas cuando los mejores sentimientos de las personas emergen. Sería importante, claro, invocar un sentimiento parecido a lo largo de todo el año. Este tipo de actos (loables y que desde este diario apoyamos) podrían ser los menos en un país más sensible. Hacemos un llamado, pues, a la ciudadanía y a los hacedores de políticas públicas para que este espíritu no sea pasajero y coyuntural.

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