En forma ajustada a las limitaciones presupuestales, los 50 años del DNP (Departamento Nacional de Planeación) han sido celebrados con un bajo perfil, sin ningún ánimo triunfalista. Los festejos fueron opacados porque se mezclaron con lanzamientos de documentos de la burocracia multilateral. Y, en forma curiosa, el acto central fue presidido conjuntamente por Ernesto Samper y por el primer mandatario, Álvaro Uribe.
Cualquier evaluación sobre las tareas recientes del DNP tiene que concluir que ella ha sido una de las instituciones más afectadas por la reelección y la excesiva personalización del poder. La manera de decidir del presidente Uribe —impulsiva, a veces, improvisada en medio de discursos o consejos comunales, con cierto desprecio por los estudios y los análisis de los expertos— se ha constituido en un golpe severo para la tecnocracia de Planeación Nacional, que debería estudiar y evaluar previamente las decisiones de inversión del Gobierno Nacional, y éste atender sus recomendaciones.
Quizás el ejemplo más diciente del papel secundario a que ha sido relegado el DNP se dio alrededor de la construcción del metro de Bogotá (vale recordar que en su momento, en el gobierno del presidente Belisario Betancur, el DNP también fue arrollado con las decisiones previas al arranque del metro de Medellín). Primero, el presidente Uribe se comprometió a financiarlo sin que existieran estudios, sin contar con la opinión previa del DNP. Y, más adelante, ofreció un documento Conpes favorable al proyecto, “sujeto a que más adelante se presenten los estudios correspondientes”. Esto, en la práctica, ha puesto al personal del DNP en la posición de tener que avalar, posiblemente en contra de sus convicciones, las decisiones personales del jefe del Estado.
Las mismas sesiones del Conpes, antes un verdadero gabinete económico que sopesaba el impacto técnico y financiero de las mayores decisiones del Gobierno, se han venido convirtiendo en un mero trámite, previsible, rutinario, sin mayor discusión de fondo. Los distintos ministerios imponen ahora sus proyectos en el Conpes, sin que el DNP pueda desplegar la capacidad analítica de sus técnicos. Los ejemplos más dicientes de este hecho han sido las carreteras e inversiones, la mayoría sin mayor sentido técnico, que ha logrado imponer el Ministro del Transporte en estos seis años, iniciativas que han garantizado el atraso del país en materia de infraestructura.
El DNP ha sido cercano a los presidentes, pero en el entendido de que éstos respetaban a la tecnocracia en materia de inversión (para decirlo en términos coloquiales, un presidente no podía ofrecer un puente donde no había un río; y, si lo había, la obra debía estar bien diseñada, con presupuestos y especificaciones adecuadas). Si el DNP se doblega a las promesas, caprichos y preferencias de la Casa de Nariño, la calidad de la inversión pública sufre en materia grave.
La celebración de sus 50 años, entonces, debería servir para que el DNP volviera por sus fueros. La entidad es indispensable en el ordenamiento institucional y el manejo económico del país. Y cuenta con grandes valores. El más importante es el excelente grupo de profesionales, jóvenes, motivados, honestos, convencidos de que sus tareas son fundamentales para el país. Así, este aniversario debería constituirse en una oportunidad de renovación y rectificación.