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Los Llanos: una historia de dolor

PEDRO GUERRERO CASTILLO, ALIAS Cuchillo, terminó como lo hacen todos los grandes criminales: muerto o tras las rejas.

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Este “asesino de asesinos”, como bien lo calificó el presidente Santos, fue abatido el 24 de diciembre en un operativo conjunto de la Dirección de Inteligencia de la Policía Nacional, la Dirección de Antinarcóticos y la Dirección de Investigación Criminal e Interpol, Dijín. Guerrero, quien huyó tras el enfrentamiento y fue encontrado el martes sin vida en la selva, fue el comandante del llamado bloque Guaviare de las autodefensas y desertor del proceso de paz con el gobierno Uribe. A la larga lista de muertes que se le atribuyen, se suma la de Miguel Arroyave, antiguo jefe del bloque Centauros. Con su asesinato, se cree que Guerrero, un mandamás de Arroyave, buscaba torpedear el proceso de desmovilización al tiempo que tomaba el control sobre la antigua jurisdicción de su jefe y aunque no logró lo primero, ciertamente sí lo segundo: disueltas las Auc y en conjunto con Daniel El Loco Barrera y los hermanos Calle Serna, alias Los Comba, impuso su ley en los Llanos Orientales. Grande es por ello la victoria de la Fuerza Pública en la operación de Nochebuena.

No tan grande, sin embargo, es la victoria para los habitantes del Llano. La salida de unos justicieros ha significado siempre la llegada de nuevos. Durante los 70 y principios de los 80, la guerrilla extendió su presencia en este vasto y despoblado territorio. Poco después, con José Gonzalo Rodríguez Gacha, primer gran capo, se consolidó el poder económico de la ilegalidad. No fue difícil para el narcotráfico apoderarse de una región, que a pesar de constituir más de la mitad del territorio, apenas producía una pequeña fracción de su riqueza. En la falta de oportunidades encontraron también terreno fértil los paramilitares y su desfile de figuras: junto con Arroyave, surgió Héctor Buitrago, alias Tripas, Manuel de Jesús Pirabás, alias Pirata, y Daniel Rendón, alias Don Mario. Luego vino la generación de Martín Llanos, Caballo y, por supuesto, Cuchillo. A los nombres de paramilitares, narcotraficantes y guerrilleros se ha sumado siempre el de Víctor Carranza Niño, quien consolidó desde los 80 su imperio esmeraldero. Carranza, no obstante y a diferencia de todos los demás, ha sobrevivido a todas las guerras y ha sorteado todas las investigaciones de la justicia.

Así las cosas, si bien es de festejar la ‘Operación Rastrillo’ que dio con el paradero de Guerrero, es necesario recordar que a menos de que el Gobierno llegue detrás de la Fuerza Pública, éste será sólo un episodio más de la muy dolorosa historia reciente de los Llanos. La acción de la Policía y el Ejército es ineludible y también lo es su permanencia una vez es recuperado el control de los territorios. Sin embargo, es imprescindible —y esto los saben más que nadie las FF.AA.— que tras las victorias militares llegue el Estado con el desarrollo. Se requiere, además de obras de infraestructura y adecuaciones sociales, como escuelas y hospitales, la generación de pequeños centros económicos que permitan a los municipios ofrecer formas de vida a sus pobladores. Cuando el control se pierde, hay que entrar a la fuerza y permanecer ahí años hasta que el paso del tiempo borre la difícil tradición de ilegalidad. Pero además, hay que hacer que el terreno no la propicie de nuevo. De esta manera, si hay que hacer una evaluación, mucho mejor han hecho su parte del trabajo la Policía, el Ejército y los demás centros de inteligencia, que el mismo Gobierno. Por ello, si bien hay que celebrar que el año comienza con un criminal menos, es mucho lo que falta por hacer para que a cada baja no le llegue sucesor.

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