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Los mensajes del «Bolillo»

Hernán Darío "Bolillo" Gómez renunció como técnico de la selección Colombia de fútbol de mayores el día de ayer. Era lo mínimo que podía hacer, luego del repudiable suceso del pasado sábado: a la puerta de un bar, golpeó varias veces a una mujer con la que minutos antes compartía.

09 de agosto de 2011 - 06:00 p. m.
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El asunto pareció no tener mucha importancia para los directamente involucrados, pues apenas días después, y cuando ya se manejaban versiones de testigos en los medios, el entrenador dijo a través de un escueto comunicado: “Quiero manifestar públicamente que lamento profundamente este hecho y el haber perdido el control de la forma en que lo hice”. Endebles fueron también las declaraciones iniciales de la Federación Colombiana de Fútbol, a través de su presidente, Luis Bedoya: “Este es un hecho absolutamente repudiable, que no compartimos. Pero en este momento no queremos revolver sus cosas personales con sus asuntos profesionales”. Y entonces, ¿qué tipo de sanción pensaban que debía imponérsele al “Bolillo”? ¿No es del deporte castigar de manera ejemplar a sus representantes cuando cometen conductas erradas?

Más allá del detalle de los hechos —si la mujer lo insultó airadamente o si se encontraban bajo la influencia del alcohol—, el acto debió ser cuestionado de entrada. Y no sólo por la sociedad, que lo hizo de manera muy activa a través de las redes sociales y conversaciones de pasillo, sino también por los directivos de nuestro fútbol, que ante conductas de este tipo no deberían vacilar un segundo. Pero muchas veces lo hacen bajo el peregrino argumento de no manchar el espectáculo del fútbol.

En esa misma línea, decían algunos que no podía castigarse la labor del “Bolillo” por una conducta de su vida personal y que sería un error cambiar de técnico luego de la auspiciosa presentación de la selección en la Copa América. Aunque esas afirmaciones suenen lógicas, el mensaje que subyace en ellas es terrible: siempre que el técnico de Colombia haga su labor bien, aunque se sepa que le ha pegado a una mujer, puede continuar en su cargo sin problema. Y no. En un país con tan altas tasas de violencia contra la mujer, un hecho de esta clase no podía pasar por debajo de la mesa como un simple asunto privado.

Si, como tanto se ha cacareado con motivo del Mundial Sub-20, queremos que el fútbol y nuestras selecciones sean puntos de unión nacional, cada uno de sus miembros tiene que ser ejemplo de lo que somos, de lo que queremos ser.

El “Bolillo”, aunque tarde, renunció e hizo bien. Es un paso importante. Pero acaso insuficiente. El asunto no puede quedar en un comunicado de 20 renglones ofreciendo disculpas y una posterior renuncia. El hecho mismo tiene unas raíces mucho más profundas de lo que aparenta. No estamos invitando al linchamiento público del “Bolillo”, por supuesto, pero sí a hacerles caso a las distintas agrupaciones de mujeres que piden posicionar el tema en el centro del debate. Conductas como ésta que hoy mancha la trayectoria del entrenador paisa constituyen en muchos casos el pan de cada día para las mujeres colombianas. Reflejan una condición cultural en la que los hombres se creen con el derecho de golpear a las mujeres cuando estén en desacuerdo con ellos; es también el espejo de la eterna cobija del alcohol para excusarse en cualquier acto repudiable. ¿Por qué no aprovechar este hecho para generar una mayor sensibilidad hacia el tema? Hace falta seguir los lineamientos de la Ley 1257 de 2008, reencontrarse con la víctima, repararla y, además, hacer parte de una campaña gigantesca que condene este tipo de actos. Dicen que “el que peca y reza empata”, y ese tampoco puede ser el mensaje en este caso.

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