LAS ELECCIONES REGIONALES DEL domingo pasado en México, en las cuales estaban en juego 12 gobernaciones y cerca de 2.500 alcaldías, estuvieron precedidas de una intimidatoria y sangrienta arremetida de los carteles de la droga, que cobró la vida del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y casi seguro ganador de los comicios en el estado de Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú. Las expectativas, para muchos, se dividieron entre el miedo y la esperanza.
En lo político, se suponía un resultado avasallador para el PRI, el cual, tras siete décadas en el poder, perdió hace 10 años la presidencia frente al Partido de Acción Nacional, PAN. El PRI inició un proceso interno de cambio que tuvo sus frutos en las elecciones de 2009, donde se alzó con la mayoría del Congreso y las gobernaciones que estaban en juego. Se esperaba un triunfo suyo abrumador en las regionales; incluso se creía que estaría muy próximo a ganar las presidenciales de 2012. Lo anterior en razón a que el gobierno panista de Felipe Calderón ha lidiado con dos tsunamis simultáneos: la cruenta guerra contra el narcotráfico, que ha golpeado al país de manera inmisericorde, y la peor crisis económica de los últimos 70 años.
Para la mayoría de la población la estrategia contra el crimen organizado ha fracasado, pues de vendettas regionales entre carteles se escaló a una lucha declarada en toda la nación, amenazando al Estado en su conjunto, y con un resultado de cerca de 23 mil muertes en los últimos cuatro años. Mientras la impotencia y frustración se canalizaban contra el PAN, y el izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD) permanecía dividido, la ganancia parecía ser total para el PRI.
Sin embargo, el desenlace no fue el que se esperaba. El PRI ganó nueve de los 12 estados en contienda, lo cual es una victoria significativa. Pero los tres estados restantes que perdió, Sinaloa, Puebla y Oaxaca, habían sido bastiones suyos durante 70 años. ¿Cómo se produjo este descalabro? Con una fórmula aparentemente imposible, pero completamente viable ante las apremiantes necesidades electorales: la inédita alianza entre la derecha gobernante y la izquierda del PRD. Desde esta perspectiva, ya se especula que dicha estrategia podría repetirse con miras a las presidenciales, para así frenar lo que hasta hace unos días se veía como el avance incontenible de la aplanadora priista.
Luego del asesinato de Torre Cantú el presidente Calderón, a quien se percibe cada vez más aislado, hizo una angustiosa convocatoria para alcanzar un gran pacto nacional que permita cerrar filas contra el crimen organizado. Como lo expresó el director de la revista Proceso, “el llamamiento a un gran entendimiento nacional fue hecho desde la debilidad más visible y hace pensar en un presidente a punto de claudicar”. En estas condiciones su solicitud fue recibida con prevención por la dirigencia del PRI, la cual consideró que el primer mandatario estaba haciendo política a costa de su asesinado candidato en Tamaulipas. Ahora le corresponde el turno a la presidenta priista, Beatriz Paredes, de hacer valer ante el jefe de Estado su triunfo en las urnas para negociar el apoyo de su partido sobre la base de cambios sustanciales en la estrategia que adelanta el Gobierno. Algo similar hará el PRD, aunque en condiciones menos ventajosas.
Para México este puede ser un momento de esperanza y reencuentro, en el que las fuerzas políticas tienen que hacer gala de la grandeza que las circunstancias ameritan, dejando de lado las rencillas partidistas. El electorado está a la espera de resultados concretos frente a una amenaza común: el creciente poder narco.