La corrupción nuevamente nos pone a todos los colombianos en aprietos. La semana que termina, en medio de las investigaciones sobre los ataques en París, se supo que una de las implicadas, Al Sakhadi Seham, salió del país por Colombia utilizando documentos falsos y sobornando a funcionarios de Migración Colombia, la entidad encargada de la administración de nuestras fronteras. Pese a que su salida fue detectada por Migración y la Fiscalía y se coordinó con las autoridades francesas su interrogatorio en el país galo, esta situación demuestra el daño que le hace a Colombia esa cultura arraigada de corrupción de la que a veces parece que nunca podremos salir.
Seham fue una de las 70 personas que sirvieron de prueba para que la Fiscalía y Migración Colombia acusaran a cinco funcionarios de esa entidad de corrupción en agosto pasado, por permitir el paso de personas investigadas por diferentes delitos. Según aquella investigación, los funcionarios de Migración permitieron la salida del país de estas personas mediante documentos falsos y la entrega de sobornos y comisiones. Además, se conoció que la red de corrupción se encargaba de borrar antecedentes de los registros, falsificar documentos y evadir los controles migratorios para un grupo de personas. Increíble e inaceptable.
Cuando se conoció lo sucedido con Seham, Migración Colombia y el Ministerio de Relaciones Exteriores explicaron que, si bien ese fue uno de los casos de probada corrupción, la salida irregular de la mujer se reportó a tiempo a las autoridades francesas. Gracias a la investigación que se venía adelantando, la situación pudo controlarse. Es de celebrarle a la entidad haber descubierto esta situación y tomar medidas.
Sin embargo, este caso también nos recuerda todos los peligros que vienen con las instituciones que son incapaces de controlar la corrupción en su interior. Migración Colombia fue creada a partir de las cenizas del desaparecido DAS, entidad que vivió plagada de escándalos, siendo el de las chuzadas la gota que rebosó el vaso y llevó a su disolución, no sin antes dejar cicatrices imborrables en sus víctimas, en la institucionalidad y en el país entero. La desconfianza era justificada y su disolución pareció entonces una solución adecuada. ¿Lo fue realmente o apenas se trató de un cambio de nombre para que todo siguiera igual?
Tener una entidad encargada de administrar nuestras fronteras es fundamental. Pero, por ello mismo, esta debe estar al tope de la transparencia institucional. La entrada y la salida del país son los puntos de mayor tensión e interés para criminales de todo tipo, propios y ajenos. La corrupción en Migración Colombia es darles vía libre a cientos de males. Además, tiñe negativamente la reputación de nuestro país, y de sus ciudadanos, en el exterior. ¿Cuántos años nos hemos tardado en sacudirnos de la perversa fama de que los colombianos somos narcotraficantes o criminales de toda calaña? Ahora sólo falta que empiecen a creernos además cómplices del terrorismo internacional. ¿Estamos tomando todas las medidas necesarias para que estos casos no se repitan?
Renglón aparte merecen los comentarios de xenofobia. Este caso no justifica la discriminación contra personas por su nacionalidad. El libre tránsito y ser un país que abre sus puertas al mundo no choca con nuestra seguridad. Lo que necesitamos es una autoridad migratoria competente.
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