Un solo chorro ideológico que ocupó a los colombianos un día entero: toda la mañana, toda la tarde y buena parte de la noche, con sus múltiples réplicas en programas de opinión radiales.
Ahí vimos al promotor del debate, Iván Cepeda, con sus videos y sus fotos y sus pruebas sobre el paramilitarismo, dándole a esa historia un enfoque muy reducido: su aparente presencia en la vida del expresidente Álvaro Uribe Vélez, de la cual, por demás, ya habíamos oído, y también tuvimos al hoy senador del Centro Democrático, yéndose del recinto segundos antes de que empezara la discusión, con otro puñado de supuestas pruebas destinadas a la Corte Suprema de Justicia, llegando de nuevo al Congreso (ese parece ser el nivel de respeto que tiene por esta institución) para despacharse hora y media en un monólogo sordo: desde la modesta plaza de toros de su padre (“hecha en piedra”), hasta las acusaciones contra Jimmy Chamorro del Partido de la U o el ministro de Interior, Juan Fernando Cristo. Luego se marchó de nuevo. Pero la cosa continuó: apenas iniciaba el día.
Vinieron luego la reflexión de Carlos Fernando Galán sobre la mafia y la vociferación acalorada de Claudia López; vinieron el discurso universal de Paloma Valencia y la prosopopeya de José Obdulio Gaviria; vinieron la clase de historia colombiana de Horacio Serpa y la reflexión sensata de Antonio Navarro Wolff sobre la delincuencia y la política. De todo hubo y para todos: un espectáculo.
Pero de la “verdad” sobre el paramilitarismo y sus tentáculos metidos en la política, que era el propósito final del evento, más bien poco. Casi nada. Quedaron, sí, muchas verdades regadas, muchas posiciones antagónicas y defendidas a los gritos: una colcha de retazos infinita. No estuvo presente lo que con lucidez pidió el senador Rodrigo Lara: un mínimo consenso de verdad.
Eso, justamente, es lo que este país necesita para avanzar. Para no quedarse trabado en peleas sobre hechos que sucedieron hace 20 y más años. Es esa sensación generalizada de impunidad, o de injustas e infames acusaciones, lo que nos tiene condenados a vivir en el pasado eterno. En la adolescencia política. Y no es a través de un debate de control político, que no atendió mucho a su propia naturaleza, tal y como lo denunció el Centro Democrático, que lo lograremos. No es oyendo opiniones como vamos a llegar a un consenso sobre la verdad del paramilitarismo. La responsabilidad recae, por supuesto, en la justicia de este país, el lugar natural donde debería estar la discusión y de donde debieran venir las respuestas. El debate, se nos antoja, fue absolutamente inútil. Nada ha cambiado en la percepción de los colombianos: cada cual sigue profesando su propia verdad sobre hechos inciertos. Y ahí seguimos enjaulados.
No ha sido capaz la justicia de este país de aclararnos a todos la mínima verdad para, desde ahí, partir a debates y decisiones mucho más razonados. Las cosas que escuchamos ayer ilustran que este fenómeno no es nuevo. Pasó con el Palacio de Justicia y con el Proceso 8.000; pasó con la llamada farcpolítica y pasa hoy con Álvaro Uribe. Enredos de hace años que no se han investigado con rigor judicial y siguen abiertos.
Ese manto de duda es lo que no nos permite salir de un círculo vicioso de nunca acabar. ¿No puede un juez aclararnos qué pasó? ¿No existe en Colombia un órgano independiente que se eche al hombro la responsabilidad de emitir una verdad, así no guste?
Al parecer hoy no. Y en el pasado tampoco. Lo mismo que antes.