En Colombia se sigue confundiendo alzar la voz con valentía. Como si para debatir fuera necesario gritar. Prueba de ello es el reciente debate entre la representante estudiantil ante el Consejo Superior de la Universidad Nacional, Sara Abril, y el presidente Juan Manuel Santos, durante un encuentro en ese centro educativo la semana pasada. En éste, el primer mandatario les expuso a los estudiantes admitidos a la Nacional los beneficios de un posible acuerdo de paz con las Farc. Era la oportunidad perfecta para cuestionar al presidente e invitarlo a asumir un mayor compromiso con una universidad con muchos problemas. Y, sin embargo, Abril pareció más interesada en obtener el aplauso del público que la escuchaba que en entablar un debate provechoso. Ahí está un reflejo negativo del país político.
Abril hubiera podido aprovechar ese espacio para preguntarle a Santos sobre sus propuestas para sacar a la Universidad Nacional de la crisis en la que se encuentra. Pero no lo hizo. En cambio, se puso a decirle que le presentaba la generación que iba “a defender la universidad pública”. Muy bonito. ¿No hubiera sido mejor, de nuevo, exigirle a Santos que se comprometiera con la universidad?
Durante su intervención, Abril se refirió más al paro agrario y a Isagén que a la Universidad Nacional. No es que no sean temas importantes. Por supuesto. La actitud del presidente respecto a estos dos temas ha sido duramente cuestionada, y con razón, por varios sectores de la sociedad. Pero la falta de foco perjudicó la iniciativa y efectividad de la intervención de la estudiante.
Son muchos los problemas que aquejan a la universidad: el proyecto de renovación del CAN, duramente criticado por la Nacional porque afecta varios de sus predios, o la estampilla con la que se pensaba financiar a las universidades públicas y que, al parecer, no resultó ser la panacea que se esperaba. Sin mencionar el problema de infraestructura de la Nacional. Todos son temas que Abril seguramente conoce debido a sus innegables capacidades y al rol que ejerce en la comunidad educativa. Pero prefirió la arenga.
Se equivocan quienes critican a Abril por haber cuestionado a Santos. Es su deber como representante estudiantil y en ello fue muy valiente. Ese no fue el problema. El error fue que desaprovechó esta oportunidad de exigirle al presidente que se comprometiera con la Nacional. Prefirió criticarlo con señalamientos que muchos ya le han hecho. Y se ganó el reconocimiento del público. Pero con eso no basta.
Señalamiento aparte merece que algunos estudiantes se hubieran dedicado a abuchear a los funcionarios del Gobierno presentes en la universidad. El abucheo no dice nada distinto a que quienes recurren a esta medida no conocen otra forma de debatir. Lo cual es lamentable si quienes abuchean son los estudiantes de la Nacional, que debe ser, por antonomasia, un espacio para el debate. No fueron todos, valga decirlo, y hubo muchos momentos en los que el auditorio fue respetuoso de la palabra del presidente y de las otras personas que intervinieron.
Hay que decirlo: no es que al presidente Santos no se le pueda criticar. Todo lo contrario. La sociedad tiene el derecho y el deber de cuestionarlo. Pero entristece un poco que se desperdicie esta oportunidad con lugares comunes y abucheos y no con propuestas puntuales. El país que se está empezando a construir con los acuerdos de La Habana necesita de propuestas concretas y desarrolladas, presentadas en espacios de debate con respeto. La paz también es preferir el fondo antes que la retórica que lleva tantos años polarizando a Colombia.
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