Ingresó desde aquellos tiempos en los que el comercio se hacía principalmente por medio marítimo y por ahí llegaron las percusiones africanas y las cuerdas españolas, pero también arribaron formatos instrumentales de otras latitudes, que ahora, varios siglos después, se evidencian en el Cartagena Festival Internacional de Música, que ayer emitió las primeras notas de su sexta edición. Con la complicidad de la brisa y con algo de ayuda del azar, que por lo general está del lado de las artes, este evento ha hecho que la ciudad sea mucho más que un hermoso escenario, más que una locación óptima, y se convierta en gestora de contenidos culturales de alto impacto social. Por eso es que las notas se escapan del Corralito de Piedra, pero para incursionar en poblaciones en alto estado de vulnerabilidad, y regresan con la convicción de haber contribuido al fortalecimiento comunitario.
El VI Cartagena Festival Internacional de Música es un pretexto para el encuentro, es una excusa para la reflexión en torno al arte sonoro y es la forma más armónica de disfrutar del legado de los grandes compositores y de la destreza de los autores contemporáneos. En este evento se goza mientras se aprende, y con el paso del tiempo los ejes temáticos, que al comienzo parecían una utopía que rozaba con la saturación, fueron consolidándose. Stephen Prutsman, obstinado como buen músico y soñador como cualquier artista, sacó de la manga La magia de Mozart, durante 2010 y La gloria de Bach en el 2011, con el fin de preparar al público para enfrentarse con otro tipo de espectáculos, más allá de conciertos unitarios. Ahora lanza la propuesta de El sonido de las Américas, en la que ofrece, sin ningún tipo de reparo, la invitación para realizar un recorrido desde Canadá hasta la Patagonia argentina.
Para este periplo, que comenzó ayer y que se extenderá hasta el sábado 14 de enero, Prutsman cuenta con el respaldo tanto de músicos de reconocimiento internacional como del pianista estadounidense Brian Ganz, la soprano puertorriqueña Jessica Rivera, el colectivo canadiense Saint Lawrence String Quartet y el flautista mexicano Horacio Franco, así como con la ayuda de jóvenes promesas de la música, como la violinista de origen coreano Livia Sohn y el grupo Le Vent du Nord, de Quebec. La delegación colombiana, encabezada por la pianista Blanca Uribe y los ensambles Música Ficta y Oí, también tendrá una participación destacada pues tiene la misión de completar el panorama sonoro de las manifestaciones tradicionales de este continente cuya fortaleza radica, precisamente, en sus diferencias.
Este es el momento de dejarse llevar por El sonido de las Américas, de disfrutar de la contundencia de la Orquesta Sinfónica del Estado de São Paulo, de ser testigos del talento de los solistas, de escuchar la consolidación de La pasión según San Marcos, del argentino Osvaldo Golijov, y de presenciar el surgimiento de varias obras nacionales y extranjeras. Es la oportunidad de aplaudir el poder de la música que atravesó las murallas para quedarse y que está ahí para todos nosotros.