Se equivocan los parlamentarios que insistieron en sepultar dos propuestas esenciales de la reforma política que cursa en el Congreso: las listas cerradas y las listas paritarias. Tanto el Gobierno como los congresistas que apoyan estas medidas deben redoblar esfuerzos para que, una vez se reanuden las discusiones, se reincorporen al articulado. No puede desperdiciarse la oportunidad de realizar cambios profundos a la cultura política nacional.
La oposición a ambos puntos parte del miedo común a perder influencia política. No obstante, nos parece que los parlamentarios deberían dejar a un lado sus intereses personales y sus prejuicios, pues el país está en mora de experimentar con nuevos mecanismos de participación e inclusión en política.
Las listas cerradas serían un fuerte golpe a la corrupción y al caudillismo que se han tomado el país. De los caciques que tiran para donde se les antoja y saltan de partido cuando les conviene, pasaríamos al fortalecimiento de entidades nacionales, lo que, en principio, permitiría mucha más vigilancia, coherencia en las votaciones y responsabilidad cuando haya fallas.
No se trata, por supuesto, de una fórmula mágica, pero empoderar los partidos políticos y su disciplina interna a través de listas cerradas es una medida que merece ser explorada.
Por otro lado, la lista paritaria, que garantizaría una distribución equitativa entre hombres y mujeres en esas listas cerradas, se trata de una herramienta para cambiar por completo el panorama político nacional.
Las críticas que escuchamos en el Congreso a esta medida parten de los prejuicios y el desconocimiento. Por ejemplo, Jorge Tamayo, representante a la Cámara por el Partido de la U, dijo que “la participación efectiva de las mujeres se logra en la medida en que los partidos estimulen y formen liderazgos femeninos. Con el 33 %, lo que hicieron fue rellenar la lista con mujeres que no tienen liderazgo, que no tienen votos”. Otros parlamentarios le hicieron eco a la medida y dijeron que la inclusión de las mujeres sí, pero no a punta de favores.
Desconocen estos hombres que la lista paritaria no es un favor. Históricamente, las mujeres han sido vetadas de los espacios de poder y de representación política. Por eso, nunca han tenido la oportunidad de prepararse, de construir caudales electorales, de que su voz sea escuchada. Decir que simplemente no están capacitadas es no entender que precisamente eso es lo que se busca corregir con esta acción afirmativa. Sin este tipo de medidas ambiciosas y contundentes, los desequilibrios estructurales van a tardar muchísimos años en caerse.
¿Es mucho pedirle a este Congreso que ponga en la práctica sus promesas de ser incluyente y reformista, de luchar efectivamente contra la corrupción? La historia reciente del país nos vuelve pesimistas, pero no se puede dejar de intentar.
Instamos a todos los parlamentarios, que se opusieron a estas medidas, a reconsiderar. Colombia necesita una reforma política consecuente. Este es el momento.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.