Una oportunidad más para celebrar los éxitos de la seguridad, pues hace apenas seis años era impensable semejante actividad en las carreteras del país, pero al mismo tiempo ocasión para palpar de primera mano el penoso atraso de nuestra infraestructura vial.
Los trancones que se han presentado desde que comenzó el retorno han sido monumentales. Un agente expresaba a media semana su impotencia asegurando que “los inconvenientes no se solucionarán, pues el problema es de exceso de vehículos”. Lo cual, si bien es cierto, no es más que el reflejo de la corta visión de quienes han tenido en sus manos la planeación y ejecución de proyectos de infraestructura vial desde hace muchos años hasta hoy en el país.
Resulta difícil encontrar una gran obra vial para resaltar en los últimos años, salvo alguna ampliación con unos cuantos tramos en doble calzada, un túnel allí, un viaducto o un puente más allá. Aún hoy, no existe una autopista que una dos ciudades capitales en doble calzada de comienzo a fin. Y lo peor, ante la desaparición de la línea férrea, nuestras precarias carreteras están sobrepobladas de vehículos de carga que hacen lento el tráfico y peligrosos, cuando no imposibles, los sobrepasos en los tramos montañosos —tanto más cuando Policía y Ejército instalan sus retenes en las pocas rectas donde sería posible adelantar—. A esto se suma la insensatez de muchos conductores que, en su desespero por la congestión, forman dobles líneas, adelantan en curva, no respetan a los peatones en los pasos por los pueblos y, en general, practican el individualismo en las vías. No sorprende entonces que una agencia noticiosa internacional haya decidido informar al mundo que cerca de 128 muertos y 533 heridos han dejado los accidentes de tráfico en Colombia desde el pasado 1° de diciembre hasta antes de este puente festivo. En eso, también, somos noticia mundial.
Una verdadera utopía, además, es pretender encontrar servicios de carretera en nuestras principales autopistas —si así se pueden llamar—. Por eso, a pesar de los costos insólitos de sus peajes, refresca transitar por algunas de las vías concesionadas, en las que se pueden encontrar ambulancias, carros-taller, grúas que permiten despejar con celeridad la vía en caso de accidente, tramos con calzada ampliada para sobrepaso de vehículos lentos y otras comodidades mínimas, que en el país resultan un lujo. De ahí que el sistema de concesiones, tan criticado —y con razón, por la cantidad de pleitos que ha generado y las reformas amañadas que se han hecho a varios de estos contratos—, deba ser perfeccionado y utilizado con transparencia como un instrumento idóneo para el desarrollo de las inversiones en obras civiles que el país necesita.
La crisis de la infraestructura vial no es ciertamente un problema achacable al gobierno actual o a su discreto Ministro de Transporte. Pero, como tanto se ha comentado, sí que les cabe responsabilidad en haber hecho poco para remediarlo en estos seis años largos —cuando las oportunidades de financiamiento eran grandes— y querer enmendar la tarea ahora, cuando las condiciones son muy distintas por la crisis financiera mundial y la desaceleración local.
La estrechez de visión del Plan 2.500 que dominó la agenda en los años precedentes —cuyos líos de ejecución, además, han sido mayores— no se compadece con el estado en que se encuentran las que ahora en proyectos se llaman troncales de la competitividad. Porque es por ser hoy día de retorno de turistas que los tenemos como protagonistas, pero el problema es mucho más dramático cuando se piensa en la competitividad de un país que tiene el corazón de su producción muy lejos de los puertos y debe transportarla en su mayoría por carretera.
Se encuentra ahora bajo estudio del Ministerio de Transporte, el Ministerio de Hacienda y Planeación Nacional la estructura de financiamiento para esas “megaobras de la competitividad”, cinco grandes troncales. Eso hay que aplaudirlo, por más que se trate apenas de anuncios y de que los proyectos lleguen muy tarde y cuando resultarán más costosos y difíciles de financiar. Los errores de visión de tantos años no dan espacio para más espera. Hay que comenzar ya.