El nombramiento de monseñor Luis José Rueda como nuevo arzobispo de Bogotá es una muy buena noticia para la ciudad y los muchos fieles que la habitan. El nuevo prelado representa una corriente importante dentro de la Iglesia católica, la del papa Francisco, vinculada con la paz, el compromiso con todos aquellos que sufren por la inequidad y exclusión social, así como con el respeto por los derechos humanos. Su designación, en medio de la crisis generada por el COVID-19, es también un mensaje de esperanza del Vaticano hacia los bogotanos, que esperan una gran guía y apoyo espiritual.
Monseñor Rueda, quien reemplaza a monseñor Rubén Salazar, enfrentará una tarea nada fácil en la medida en que la capital, con sus casi ocho millones de habitantes, es un microcosmos de lo que sucede en el resto del país. Cuenta con la ventaja de su actual labor en Popayán, lo que le ha permitido no solo ver, sino hacer parte activa de la compleja realidad que vive el departamento del Cauca, así como el occidente de Colombia. Allí demostró con creces que la labor de un líder espiritual no es solo la de confortar a su grey desde el púlpito, o desde el despacho arzobispal, sino la de involucrarse directamente con aquella para entender de primera mano los graves conflictos sociales que se viven. Sin lugar a dudas, esa convivencia diaria con la realidad es la que lo ha llevado, junto a otro importante número de prelados colombianos, a ser defensores de la paz. No podía ser de otra manera.
En declaraciones a diversos medios de comunicación ha demostrado ser una persona humilde y sensata. “Yo he sido un servidor y un obrero en las zonas rurales (…) estoy convencido de que no soy el mejor ni el más santo, pero he sido mirado con misericordia de parte de Dios”. No parece ser el tipo de prelado que es más dado al besamanos y a las reuniones sociales. Por el contrario, asume los temas difíciles y da una respuesta pronta a los mismos. Sobre uno de los asuntos que más daño le han hecho a la Iglesia católica en el mundo y, por supuesto, en Colombia, el de la pederastia, no solo reconoce la gravedad de este delito, sino que dijo sin tapujos que pide perdón a las víctimas y a sus familias. Lo anterior, en medio de informaciones como la suspensión de funciones de 19 sacerdotes en Villavicencio luego de investigaciones adelantadas.
Monseñor Rueda creció dentro de una modesta familia trabajadora de clase media, como la gran mayoría de los colombianos. Con 58 años, sus allegados le reconocen una incansable capacidad para asumir y resolver los problemas de su diócesis. Su actividad como sacerdote muestra cómo, tras salir de su natal San Gil (Santander), se ordenó en 1989 y luego de estudios de Teología, en Roma, fue párroco en varios pueblos de su departamento, entre ellos Albania, Curití, Pinchote, Mogotes y Barichara, además de haber sido obispo de Montelíbano (Córdoba). Es decir que ha conocido y recorrido, literalmente, parte de la otra Colombia, aquella que escasamente se conoce en las capitales departamentales y difícilmente trasciende a Bogotá.
Luis José Rueda va a coincidir con la administración de la alcaldesa Claudia López, con quien comparte puntos de vista similares en varios temas. Cree en el mensaje de la reconciliación y en el de la importancia de adelantar obras que permitan a las comunidades marginadas encontrar mejores oportunidades para enfrentar la segregación social y la inequidad. Además de los problemas de pobreza, y pobreza crónica, deberá acercarse a temas como la drogadicción, la pérdida de valores y los casos de corrupción que tienen sumidas a estas comunidades en condiciones críticas.
Por los motivos mencionados y el talante que lo acompaña, damos la bienvenida al nuevo arzobispo Luis José Rueda. Es nuestro deseo que la labor que pronto va a asumir sea desempeñada con la misma energía y compromiso social del cual ha hecho gala hasta ahora. Una comunidad expectante así lo espera.
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