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Obama y la ciencia

LAS ESPERANZAS DE CAMBIO ALENtadas durante la campaña del ahora presidente Barack Obama tuvieron un público distinguido entre la comunidad científica estadounidense. No en vano fue el primer candidato en la historia de ese país en recibir el apoyo, a través de una carta pública, de un grupo de 76 ganadores del Premio Nobel de Física, Química y Medicina.

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Y los cambios no se hicieron esperar. Antes de posesionarse Obama nominó a John Holdren, un académico reconocido como promotor de la reducción de emisiones de gases invernadero en la atmósfera, como asesor presidencial para la Ciencia. Y poco después, en su discurso inaugural, confirmó que en su agenda política estará presente la promesa de “restaurar a la ciencia al lugar que le corresponde”.

El reto de Obama parte del hecho —diríamos científicamente comprobado— de que en los dos períodos de la administración Bush hubo un retroceso medieval en la actitud federal hacia la investigación y educación científicas. Durante ocho años se volvió corriente que los postulados políticos del neoconservatismo se impusieran sobre la evidencia científica.

Uno de los casos más célebres de esta actitud se dio alrededor de la investigación con células madre, una de las áreas de la ciencia médica más promisorias para la cura de una amplia gama de enfermedades. Muy temprano, en agosto de 2001, Bush trazó una política oficial que restringía la investigación financiada por el Estado a células madre ya creadas. Con una mezcla de posturas religiosas y mala ciencia, Bush declaró que crear nuevas líneas de células madre —proceso que involucra la fertilización de un óvulo para desencadenar un proceso de desarrollo embrionario que es luego interrumpido en una etapa temprana— equivalía a crear vida y terminarla. Sin embargo, argumentó que esto no sería un impedimento para el avance de la ciencia, puesto que las “60 líneas existentes en el mundo” eran suficientes para abastecer a las agencias estatales.

Aunque el anuncio de las 60 líneas viables de células madre sorprendió hasta al doctor Thomas A. Thomson, reconocido como el primer científico en aislar una línea de células madre en el mundo, pues en el momento sólo había publicaciones científicas sobre 12 líneas viables, hasta el día de hoy la política sobre este tema sigue determinada por esta orden ejecutiva y sus posteriores adiciones, que, según el doctor Raynar S. Kingston, entonces director del Instituto Nacional de Salud -la agencia líder en investigación biomédica- provocaron “un cierto grado de tensión entre los puntos de vista de la agencia y de la administración Bush”.

El caso de las células madre es sólo uno en la larga lista de pasos para atrás que se tomaron en la administración Bush y que incluyen temas tan diversos como la enseñanza del creacionismo al lado de la evolución, o las campañas de “Sólo abstinencia” para luchar contra las enfermedades de transmisión sexual y el embarazo adolescente.

El reto para Obama no es entonces el de sólo restablecer el criterio científico sobre los intereses políticos en las instituciones, sino también el de reversar los efectos que, digamos, han tenido los 176 millones de dólares anuales para el programa “Sólo abstinencia” en la población. Luego de que terminen los nombramientos habrá que esperar meses, e incluso años, para que se logren redirigir las miles de órdenes ejecutivas y circulares del legado Bush en las más de 20 agencias de ciencia y tecnología.

En el mundo de la ciencia los resultados no vienen pronto, sino después de muchos ensayos y errores adecuadamente financiados. Pero con un liderazgo progresista, es decir, dirigido a los proyectos con mayores perspectivas, como las nuevas energías y la investigación biomédica, y respetuoso del criterio científico en cada campo, el legado de Obama puede hacer más que restaurar el lugar de la ciencia.

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