Ocampo llegó a esta nominación, según ha contado, por obra de una iniciativa del Grupo de los 24 (el organismo de los países en desarrollo que promueve sus intereses en el Banco Mundial y el FMI), y después por parte del Grupo de los 11 (G11). Su candidatura, pues, no es de origen colombiano.
Sin embargo, Ocampo es una persona más que preparada para ejercer este cargo. Basta con revisar su hoja de vida: estudios en sociología y economía de la Universidad de Notre-Dame (Indiana, Estados Unidos) y doctorado en economía en la Universidad de Yale (a los 23 años de edad, vale la pena decirlo); fue profesor de la Universidad Nacional y de los Andes, ocupó la cartera de Agricultura en 1993 y la de Hacienda en el gobierno de Ernesto Samper, así como la secretaría ejecutiva de la Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU), entre otras altas distinciones. La Universidad de Columbia lo cataloga de la siguiente manera: “Ocampo ha publicado extensamente sobre teoría y política macroeconómica, cuestiones sobre finanzas internacionales, desarrollo económico y social, comercio internacional e historia económica colombiana y latinoamericana”. Credenciales le sobran. Es un candidato de lujo que engrandece el nombre de Colombia.
El Gobierno, su gobierno, se rehusa sin embargo a apoyarlo, con la peregrina excusa de que concentrará sus esfuerzos en apoyar exclusivamente a Angelino Garzón hacia la presidencia de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Esta actitud no tiene sentido, siendo entidades que no son mutuamente excluyentes. Extraña también la falta de soporte del ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, quien ha dicho que no es realista apoyarlo cuando otro nacional ocupa ya la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Como el mismo Ocampo mencionó en entrevista con Semana, Chile es un país de menor tamaño que Colombia y tres de sus ciudadanos ocupan altos cargos internacionales. Con el apoyo, como es natural, de su gobierno.
Si los esfuerzos de la diplomacia colombiana están centrados desde hace meses en la aspiración de Garzón para la OIT, se entendería que por insuficiencia de recursos el Gobierno no saliera a promover una activa campaña internacional con el nombre de Ocampo, ¿pero negarle el apoyo y de entrada calificar su candidatura como “inviable”? ¿Por qué en un caso como el de Angelino Garzón, incluso se fustiga a quienes se oponen a su nominación tildándolos de apátridas, pero en cambio frente a José Antonio Ocampo se deja a la deriva su candidatura? ¿Qué intereses hay de por medio? ¿Distancia ideológica, acaso?
Leonel Fernández, presidente de República Dominicana, sí pareció entender la significativa reivindicación que representa la presencia de un latinoamericano en el organismo y terminó siendo él quien presentó el nombre del colombiano. Esta es una oportunidad para que, por primera vez, ese caduco pacto de que el BM y el Fondo Monetario Internacional (FMI) sean administrados el uno por un estadounidense y el otro por un europeo, se rompa; para poner un alto en el camino a esos dos que, en el momento de la creación de ambos organismos multilaterales, fueron los grandes dueños del mundo. Hoy el planeta funciona diferente, y la ofensiva de los países del G11 se materializa en la nominación de José Antonio Ocampo, junto con la de la ministra nigeriana. No se trata apenas de una aspiración “simbólica”, como la calificó el ministro Echeverry, sino de una manera diferente, acaso más contemporánea, de ver el mundo. Y con un colombiano como estandarte.