Desde que Iván Duque asumió la Presidencia de la República, su administración ha vivido en una ambivalencia constante. Sus discursos de unión y conciliación chocaron con causas marcadamente partidistas que decidió adoptar, como por ejemplo la lucha contra la Ley Estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Su visión modernizadora del país está en claro contraste con caducas estrategias militaristas en la lucha contra el narcotráfico. Su mismo gabinete parece partido en dos: entre los juiciosos funcionarios que se han dedicado a impulsar importantes reformas desde el Ejecutivo, sin entrar en discusiones ineficientes, y aquellos que brillan por las declaraciones polarizadoras. A un año y un par de meses de haber iniciado, el Gobierno no tiene una narrativa clara por culpa de ese vaivén entre una administración competente y una enfocada en el revanchismo.
Ahora, después de las elecciones regionales, el presidente Duque tiene una oportunidad dorada: el país centrista, mesurado, reflexivo y técnico con el que siempre dice haber soñado se está asomando en los nuevos rostros que llegaron a varias alcaldías y gobernaciones.
El viraje hacia el centro, lejos de los radicalismos, castigando la política del miedo y la venganza que impulsó el Centro Democrático, es un mensaje contundente. Millones de colombianos votaron por políticos jóvenes, innovadores, que ven en el diálogo la oportunidad de llegar a acuerdos a pesar de las diferencias. ¿No querría el presidente Duque aprovechar esa puerta para que esa sea, definitivamente, la narrativa que adopte su Gobierno? Si la lectura de la segunda vuelta presidencial fue que había un mandato de autoridad por cumplir, las regionales han cambiado esa justificación, por mucho que no sean elecciones comparables.
El lastre que carga el primer mandatario es grande. Se ve en el contraste. Mientras hay ministerios que están funcionando con disciplina, humildad y una clara visión de las reformas necesarias y posibles, como el de Comercio, Industria y Turismo, el de Salud o el de Transporte, hay otros que muestran un rostro hostil del Gobierno. La conflictividad displicente del Ministerio de Hacienda, del Interior y de Defensa no encaja en las promesas de Duque sobre una Presidencia para todos los colombianos, no para un sector político particular. Además, esas carteras han desgastado el margen de maniobra de una administración todavía joven.
Tal vez el caso más evidente de la desconexión entre la visión de Duque y sus actos es el militarismo. Ahora que Cauca llora dos masacres en una semana, una de ellas anunciada, la respuesta desde Presidencia sigue siendo el aumento de la Fuerza Pública y culpar a la administración anterior. Plantear la relación con las regiones, en especial aquellas donde el vacío de poder ha creado desconfianza con el gobierno central, a partir de lo militar es un error de cálculo. Cuando los colombianos piden ver el rostro del Estado, es frustrante que la respuesta sea el desvarío del Ministerio de Defensa y la ausencia de una narrativa integral para problemas que son complejos.
En los tres años que le quedan al presidente para crear un legado, las regiones le acaban de entregar una oportunidad de dar un timonazo, tomar las riendas y liderar la renovación de la política nacional que prometió y que, hasta ahora, se ha mantenido en los discursos más que en las acciones. El éxito de su gobierno dependerá de si sabe leer las señales.
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