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Problema de fondo

El año pasado hubo 109 denuncias por abuso sexual en el Transmilenio que atraviesa Bogotá.

26 de febrero de 2014 - 11:00 p. m.
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En lo corrido del año van nueve. Las quejas se reportan dejando a su paso lo que los sociólogos llaman la “cifra negra”: si por algo se caracterizan los delitos sexuales es por su bajo nivel de denuncia. No es fácil para una mujer afrontar este tipo de cosas. El día a día, por supuesto, por ello mismo, debe ser infinitamente más duro.

Estas cifras y teorías se vuelven reales con testimonios desgarradores como el de la mujer que hace unas semanas pedía a gritos ayuda en uno de los buses del sistema: algún desquiciado decidió poner su pene en las manos de ella, tocarla y luego masturbarse enfrente. De ella y de todos los que allí se transportaban, valga decirlo, conductor y pasajeros incluidos. Nada hicieron, dijo la mujer.

Dos culpas: la del acosador, quien es parte de ese gran porcentaje de hombres de esta sociedad machista que ven en el cuerpo de la mujer un juguete con el que pueden saciar sus más bajos instintos.

Y de la gente alrededor, por supuesto: no hemos tenido suficiente con todo lo que pasa en este país (una mujer empalada en el Parque Nacional, otra a la que golpeó en un bar un director técnico de fútbol, otra drogada e inconsciente encima de una cama) como para darnos cuenta de que hay que sancionar socialmente estas conductas, rechazándolas de plano. Siempre.

El Distrito anunció el martes de esta semana que una nueva política pública se implementará en un plan piloto el próximo 7 de marzo: una ruta (J23-F23) tendrá destinado el primer vagón para las mujeres. ¿Servirá? Por supuesto que sí. Este tipo de medidas que agotan las libertades (la de convivir en un mundo mixto en este caso) siempre tienen resultados para mostrar. Un toque de queda en la ciudad reduciría los homicidios de manera drástica. Sin embargo, el problema subyacente, en este último caso la violencia (y en el primero la violencia sexual), quedaría indemne. Se reproduciría de otra forma. La enfermedad persistiría pese al paliativo.

Creemos que una medida de este estilo puede generar, sin embargo, preguntas de cara a la sociedad: ¿no podemos hombres y mujeres convivir en el mismo espacio? ¿Hay que tomar medidas drásticas (e inútiles en el largo plazo) como ésta, de separarnos unos de otros dentro de un medio de transporte masivo? ¿Los hombres no pueden controlarse y entonces la solución es aislarlos de las mujeres? ¿Qué vamos a hacer, mientras tanto, para corregir el problema de fondo?

Bien cabría acá, como lo hemos pedido en todos los casos de abuso sexual de los que hemos informado, una política pública que ayude a enmendar esas dos culpas que enunciamos al principio. Campañas masivas para que el hombre entienda que debe respetar a la mujer. Debe entender que, en lo que a su cuerpo incumbe, la decisión de dejarse tocar es enteramente suya y no de cualquiera que la vea en la calle. A una mujer no se le toca sin consentimiento. Punto. Hace falta recalcarlo una y otra vez. Y la otra: por favor, seamos más proactivos como sociedad en cambiar los modelos, en sancionar a quienes incurren en esta conducta enfrente nuestro. No hay peor silencio que la indiferencia frente a la calamidad que presenciamos.

Hacia allá deberían estar dirigidas estas políticas. Que, mientras separamos a hombres y mujeres, vayamos pensando en las otras. En las de largo plazo.

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