Su argumento es que la Organización Mundial de la Salud ha dicho que seis meses son un tiempo ideal para la lactancia del recién nacido. Apoyamos su intención, pero nos parece que se queda corta en el propósito: el país está en mora de pensar mejor qué hacer con las parejas que trabajan y tienen hijos.
Los críticos de la medida ven el tema en términos demasiado sencillos. Para ellos, una mujer que tiene un bebé y se va del trabajo pierde su productividad y pasa a ser una onerosa carga para las empresas. Esto esconde prejuicios sexistas. ¿Por qué —y es extraño tener que preguntarse esto en pleno siglo XXI— asumimos que la maternidad anula la productividad laboral? La existencia de una nueva y loable preocupación (la crianza) no inutiliza a las mujeres, tanto menos en un mundo interconectado donde el trabajo se puede concebir más allá de las paredes de una oficina y de sus horarios. El reto para los empresarios –y el Estado, por medio de incentivos a las empresas– es explorar maneras de permitir la convivencia del nuevo niño con el trabajo. La ecuación es lógica: una mujer tranquila sobre su bebé, cerca de él, es una mujer que rinde más que otra sentada en una oficina pero con su mente en casa. Según estudios en EE.UU, el costo de la licencia de maternidad no afecta la rentabilidad de las empresas y, en cambio, sí motiva a las trabajadoras (que, entonces, producen más y mejor) y además ayuda a la salud general del país (se necesitan menos subsidios para cubrir a las madres desempleadas, la crianza de los niños se hace con menos estrés, y más).
Un estudio de la Universidad del Rosario, ya con datos locales, encontró que el costo de la licencia de maternidad es asumido por el sistema de seguridad social en salud. Según los investigadores, la iniciativa disminuiría la demanda de atención en salud derivada de algunas patologías de los menores por la falta de cuidado de la madre en los períodos de lactancia en los que actualmente debe regresar al trabajo.
Y ya que estamos en el tema, resulta anacrónico por decir lo menos que la licencia sea solo para las madres. Los 15 días propuestos para el padre en el proyecto serían un avance, pero no son suficientes. La crianza es en conjunto, y que la ley diga que las mujeres tienen que llevar la carga por encima de los hombres crea un incentivo equivocado. Eso sin hablar de los proyectos diversos de familias: un padre soltero que adopte, o una pareja de padres que decidan adoptar, también necesitan una licencia remunerada. Los primeros meses de toda crianza son esenciales, por eso requieren la presencia de todos los involucrados. Ya está muy viejo el país para no sacudirse los estereotipos de género que condenan a la hembra a la casa y al macho a la oficina. Entre otras, porque los papás también necesitan ese tiempo para adaptarse a una nueva realidad. El bienestar de los hijos es lo que importa. Lo que está en juego, en últimas, es la apuesta del país como conjunto por la protección de las familias. En otros países, hay casos muy exitosos de licencias que duran hasta un año (por lo general, las personas vuelven a trabajar antes de los primeros nueve meses).
Ojalá el proyecto de ley no se hunda, y se tengan en cuenta los comentarios de distintos sectores que buscan su ampliación. Un plan integral y ambicioso construiría un ambiente sano para las nuevas familias, y les demostraría a las empresas que no pierden nada con apoyar las licencias. Que, en este caso como en tantos otros, ni la productividad ni el costo se limitan a una cifra en una hoja de cálculo. El bienestar de los trabajadores, y de la sociedad, con el fortalecimiento de las familias puede generar mayores retornos que unos cuantos pesos que se inviertan en ello. Ojalá así sea.
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