El argumento de la Duma —Parlamento— de autorizar el envío de tropas para “ayudar” a estabilizar el país vecino es una afrenta directa de Moscú a Washington y una cachetada a Occidente. Vladimir Putin está acostumbrado a jugar duro, sin importarle las reglas. De las respuestas de Estados Unidos, de la ONU y de la Unión Europea dependerán los próximos movimientos del Kremlin.
De momento el pulso lo va ganando Putin. La respuesta de Occidente, a pesar de que trata de ser firme, no se constituye en una presión para que Moscú dé marcha atrás. Por el contrario, mientras pasan los días, la presencia militar se consolida y la amenaza de sanciones como la exclusión del G-8, anunciada por el secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, no pasan de ser saludos a la bandera. En la ONU tampoco se ve humo blanco dado que en el Consejo de Seguridad la propia Rusia vetará cualquier tipo de sanción en su contra. La sartén por el mango.
Lo que está sobre el tablero de ajedrez no es de poca monta. Nada menos que un país, Ucrania, que logró sacarse de encima al pro-ruso, autoritario y corrupto gobierno de Yanukóvich gracias a un levantamiento popular. Protestas que fueron respondidas en Kiev con represión indiscriminada y un alto número de muertos y heridos. En medio de este caos, el panorama no puede ser más complejo: una economía colapsada, un gobierno de transición marcadamente pro-europeísta, que busca consolidarse en lo político al convocar a elecciones para finales de mayo.
En ese escenario es donde aparecen en escena los militares rusos, que ingresaron como Pedro por su casa a la península de Crimea, sobre el Mar Negro. Buscan asegurarse una zona que consideran propia, pues en 1954 Nikita Krushov se la regaló a Ucrania. De hecho, la mayoría de la población fue trasplantada desde Rusia y los pobladores originales, Tártaros en su mayoría, fueron expulsados hacia otras regiones durante la égida soviética. Crimea representa muchas cosas para Moscú. Desde el punto de vista estratégico, allí está ubicada la Flota del Mar Negro, con una presencia e influencia innegables en la región. Desde Sebastopol se controla una zona de gran influencia que es indispensable para los planes geopolíticos de Putin frente a Europa.
No hay que olvidar que en 2008 se vivió otra situación similar en la región, cuando tropas rusas entraron en Georgia por la fuerza y se apropiaron de dos enclaves pro-rusos, Osetia del Sur y Abjazia, que ahora aparecen como Estados independientes. La verdad es que hoy en día son más protectorados de Rusia que países autónomos. En ese entonces la “medida del aceite” frente a la reacción de Occidente le permitió avizorar a Putin que más allá de las amenazas de sanciones y una gran indignación las cosas iban a terminar acomodándose a su favor. Georgia fue humillada, no hubo sanciones y ahí concluyó la historia.
El tema de Ucrania y Crimea, con las muchas salvedades del caso, también tiene implicaciones por estos lados. En estos días se ha mencionado el interés de Rusia de contar con bases militares en Venezuela, Cuba y Nicaragua. Dichos países han expresado su interés en que así sea. No está de más que el Gobierno ponga su ojo avizor luego de los incidentes que se presentaron unos meses atrás cuando aviones de bandera rusa violaron el espacio aéreo colombiano en dos ocasiones en viaje entre Caracas y Managua.
Vladimir Putin conoce muy bien todos los trucos de la Guerra Fría y para nadie es un secreto que luego de asegurarse su permanencia en el poder en Rusia, por todos los medios posibles, está consolidando una presencia cada vez más activa de su país en el escenario internacional. No se trata de tocar tambores de guerra para detenerlo, pero sí de alertar sobre las consecuencias que a corto y mediano plazo puede tener esta escalada militarista, desde Moscú, para la paz mundial.