“Al final de un largo y maravilloso viaje por el río Guayabero a comienzos de los años 80, me topé en una trocha con un colono que llevaba en su mula un gran atado de pies de una mata desconocida. Le pregunté qué era y me contestó, asombrado e incrédulo: ‘¡Coca, doctor!’. Fue como un cocotazo. Desde ese día comencé a ver matas de coca por todos lados y en los puertos una actividad económica insólita. Llegué a Bogotá con la certeza de que el país no se había pellizcado de lo que le venía pierna arriba”. Así escribió Alfredo Molano Bravo sobre su llegada a El Espectador. Así, también, resumió su historia: en medio del afán y la pasión que le generaba caminarse este país desconocido para oír a sus gentes, se encontró de frente con la historia no contada de Colombia, con los demonios de nuestro pasado, presente y futuro.
En la madrugada de este 31 de octubre, Colombia perdió a una de sus voces más importantes y necesarias. No hay manera de entender la historia del siglo XX en este país, de sus luchas y sus desigualdades, de sus exclusiones y sus deudas, sin remitirse a alguno de los 27 libros de Molano Bravo, o a sus cientos de crónicas, reportajes y columnas de opinión, que produjo con un estilo único. Sus letras sirvieron de megáfono a la voz de los marginados, los olvidados, aquellos que en esta complicada geografía colombiana han sufrido el conflicto, el narcotráfico y la desidia estatal. Fue, por eso mismo, un personaje incómodo, amenazado y esencial porque, como él mismo lo dijo, se atrevió a “mirar con el ojo silenciado de la gente”.
Molano nació en 1944 en Bogotá y a los cuatro años vio arder su ciudad por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Esa imagen de la violencia y de un pueblo frustrado, malherido, se repetiría ante sus ojos muchas veces más, lo que motivó su trabajo profesional e intelectual. Se matriculó en la recién creada carrera de Sociología, en la Universidad Nacional, siguiendo la inspiración de tres grandes maestros: Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña y Camilo Torres. A partir de ahí, se dedicó a recorrer las zonas más apartadas del país, a lomo de mula, en canoa y a pie. Conoció de cerca y estudió en profundidad los orígenes de las Farc como una guerrilla campesina liberal, en el sur del Tolima. “Su vida hasta última hora”, escribió el padre Francisco de Roux, “fue la verdad de los campesinos”.
Libró batallas en distintos frentes. Tuvo que aplazar 40 años su título de doctorado en La Sorbona, en Francia, porque la academia no quería validar sus métodos de escuchar a los campesinos y utilizar herramientas literarias para narrar un país complejo. Jamás transigió Molano con que una cita bibliográfica pudiera tener mayor valor histórico que una vivencia humana de los hechos y sus efectos. Pero la incomodidad de la academia era nada frente a la de los poderosos que no querían, ni quieren, que la verdad tuviera esas otras miradas desde el territorio y sus habitantes. Carlos Castaño, jefe paramilitar, estaba obsesionado con asesinarlo y lo obligó a irse diez años del país. Porque su mirada del país era de izquierda y desde las bases y eso los “señaladores” saben convertirlo en crimen. Pero Molano Bravo nunca se rindió y en el proceso obtuvo el Premio de Periodismo Simón Bolívar, el Premio Nacional del Libro de Colcultura y el Premio a la Excelencia Nacional en Ciencias Humanas, de la Academia de Ciencias Geográficas. Su último año lo dedicó a recopilar, en la Comisión de la Verdad, lo ocurrido en el conflicto en la Orinoquia. Tenía muchas historias por contar.
El Espectador está de duelo porque, así como con Colombia, la historia de este diario no puede contarse sin Alfredo Molano Bravo. Sus palabras fueron guía, sus principios nos llenaron de valentía, su coherencia nos sirvió de ejemplo. Nos quedan sus enseñanzas y el reto que nos dejó cuando decidió comprometerse a fondo con el camino al posconflicto: “Es la hora de una luz, así sea tenue, que permita vislumbrar el rostro de la tragedia que hemos vivido. ¡Que se abran las ventanas!”. Hasta siempre, Alfredo. Y gracias infinitas.
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