Es un atentado no sólo contra su integridad (que lo fue, evidentemente), sino también contra el buen curso de la prensa libre. Es un dique que le ponen con alevosía al ejercicio periodístico, una suerte de amedrentamiento injustificable. Y, además, una amenaza indirecta, una forma burda de decirle que mejor se calle.
Las autoridades nos advirtieron que guardáramos cautela sobre los hechos ocurridos. Pero ya habiendo pasado un tiempo prudencial se nos antoja imperativo manifestarlo a viva voz: porque sólo es a través de la visibilidad que nosotros, los periodistas, podemos protegernos de las censuras directas que los malquerientes de la buena información tratan de imponernos a la fuerza. Y pues no. No nos callarán como pretenden.
La redactora se encontraba desarrollando un capítulo especial de una investigación sobre el carrusel de la contratación en Bogotá. Tenía documentos, bases de datos, declaraciones. A través de ellos quería realizar un artículo que cruzara la información para encontrar cosas nuevas que informar. El día viernes 24 de mayo cerramos la edición de domingo alrededor de las tres de la mañana. Carolina se despidió, documentación en mano, y salió a su casa a descansar.
A la mañana siguiente encontró que a su apartamento le faltaban dos computadores, dos memorias USB, un documento de 100 folios con información, entre otras cosas, todas relacionadas con su trabajo particular. De resto, su casa estaba intacta. Un desliz de los ladrones, por decir lo menos. Un indicio claro de su intención real: no se llevaron nada más, como otras cosas que eran fáciles de cargar, objetos de valor, nada. Eso condujo a la policía a llegar a la fácil conclusión de que se trataba de un “robo técnico”.
Dicho en cristiano: que los ladrones sabían por qué iban. Algo específico, en este caso particular, la información que daría curso a la noticia. Todo conduce a pensar fácilmente esto. Lamentable. Muy preocupante que un periodista sea identificado de una forma tan específica, que conozcan su domicilio y que ingresen a él a hurtadillas para quitar la base fáctica al artículo que quiere escribir. ¿Qué intereses hay detrás de esto? ¿Por qué quieren entorpecer la labor periodística de nuestra redactora? ¿Hasta dónde llegan los alcances de los “afectados” por esta información?
No puede ser que un periodista no pueda llevar tranquilamente unos documentos a su propia casa. Se nos hace un comportamiento que no es digno de una democracia como la que se pregona con orgullo en este país.
¿Qué podemos hacer los medios ante una situación como esta? ¿Qué responsabilidad le surge a las autoridades en este caso? Porque nosotros, aparte de esta queja pública y de la manifestación inequívoca de que no nos vamos a dejar amedrentar, no podemos hacer mucho más.
En otros reposa la palabra sobre este deplorable caso. Que sean ellos, entonces, los que hablen.