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En las ruinas

Un par de días le bastaron al presidente de la República, Juan Manuel Santos, para pronunciarse sobre el desastre humanitario de Gramalote, Norte de Santander, ese municipio que a finales de 2010 se vino abajo por los movimientos de tierra que causaron los inviernos inclementes. “Pueden estar tranquilos que el gobierno nacional va a estar muy pendiente de lo que aquí está sucediendo”, dijo en aquellos días. Tres años han corrido, sin embargo, y las familias no se han reencontrado, el pueblo está en las ruinas y los restos de lo que fue la iglesia serán patrimonio de la humanidad. ¿Cuánto tiempo más de espera para una respuesta equilibrada merece esta situación? ¿Y la población, que lo perdió todo?

16 de enero de 2014 - 05:05 p. m.
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Claro que el presidente ha estado pendiente, eso es innegable. Pero probablemente el Estado no tanto. Dos veces se ha reunido el mandatario de los colombianos con los habitantes damnificados. La última de ellas, esta semana, para ofrecerles de nuevo disculpas por las demoras en el proceso de reasentamiento que adelanta su gobierno a través del Fondo de Adaptación. Dice que la causa principal es la escogencia del terreno para levantar el casco urbano. Puede ser. Pero ¿tres años? ¿No resulta exagerado?

Carmen Arévalo, gerente del Fondo de Adaptación, le respondió a este diario esta semana que la demora de tres años se debió a que quieren hacer el pueblo bien. Tanto en lo que concierne al uso del suelo (el nuevo asentamiento será Miraflores, aunque algunos gramaloteros preferían otro) como a los requerimientos de seguridad y de diseño, entre otros factores técnicos. Según Arévalo, hacia finales de 2014 ya deben estar construyendo unas casas y para el segundo semestre de 2015 (entendemos que hacia el final, también) el pueblo estará listo. Ojalá así sea. Las demoras en este tipo de situaciones, los días que pasan uno tras otro, inclementes, también, definen la vida de un ser humano entre tener dignidad y no tenerla, nada menos. Algo así de básico se define para esta población, olvidada no sólo por el Estado, sino por la atención posterior de los medios y de la caridad humanitaria del resto del país.

Está bien que el proceso se plantee de una forma seria: tanto en lo que respecta a la delimitación de la cabecera urbana como de la propiedad sobre la tierra. El uso del suelo (cómo quedan distribuidos los barrios, cómo se accede a las vías principales, cómo se irriga de agua y por dónde) es un asunto que no puede tratarse a la carrera. Por eso mismo el pueblo podría venirse abajo de nuevo. Entonces, resulta positivo que todo se haga con precaución y prevención, finalmente, después de muchos tumbos.

Porque si algo importa en un proceso de reubicación humana es no caer en la mediocridad, que tanto daño hace a la vida de las poblaciones a largo plazo. Pero que esta exigencia de calidad se traduzca en una excusa para permitir, por un segundo, la lentitud en el proceso, es una infamia. Que se olviden de los trámites innecesarios y de las burocracias incompetentes, por favor. Estamos hablando de vidas humanas en riesgo: crecimiento en familia y en sociedad, entorno humano, identidad con un lugar en el mundo, todas esas cosas, olvidadas del apego a la tierra.

Que se solucione lo necesario, sí, pero que no se olvide que esta es una cuestión urgente. Y ya van tres años, que es demasiado. Confiamos en el rumbo que ha tomado esta reubicación, pero estaremos atentos. Que cumplan el nuevo plazo es lo mínimo con los gramaloteros.

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