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Rusia se acerca a Polonia

LAS RELACIONES ENTRE RUSIA Y Polonia han estado atravesadas por una larga historia de guerra, dominación y desconfianza.

18 de abril de 2010 - 06:59 p. m.
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De ninguna manera es fortuito que los polacos alardeen de haber sido la única nación capaz de ocupar el Kremlin y que los rusos hayan hecho del fin de la ocupación su día nacional. El malestar entre los dos países ha sido siempre tan persistente que impregnó la expresión cultural de ambas naciones. Alexander Pushkin, Nikolai Gogol y Fyodor Dostoievski caracterizaron a los personajes polacos de sus obras como fríos, distantes y manipuladores, al tiempo que los poemas de Adam Mickiewicz recordaron las duras secuelas del sometimiento polaco a Rusia.

Las relaciones de comienzos de esta década mantuvieron la misma complejidad y animosidad que las caracterizó durante siglos. La tensión se hizo explícita en varios gestos de desconocimiento por parte del gobierno ruso que disgustaron a los polacos. Fue mal recibida por Polonia la decisión de la Comisión Oficial Rusa en 2004 de declarar la masacre de Katyn —aceptada por primera vez a comienzo de los 90— como un crimen corriente producto de ciertos excesos, y no como crimen de guerra o como crimen de lesa humanidad. También fue mal visto que Rusia se negara a abrir los archivos y a recibir a una comisión polaca de investigación ese mismo año. Y mucho más lo fue la ausencia de disculpas por el pacto antipolaco con los nazis y por el medio siglo de represión estalinista en el discurso oficial ruso pronunciado en la conmemoración del fin de la Segunda Guerra Mundial, un año después.

Es comprensible que la falta de reconocimiento por parte de Rusia haya causado complejos resentimientos entre el pueblo polaco. No se debe perder de vista que fueron 22.000 los oficiales, políticos e intelectuales asesinados en Katyn y 50 los años durante los que se negó la verdad. Éstos, además de los miles de judíos muertos por la alianza con el nazismo. Esconder los crímenes es desconocer al pueblo que pide la verdad y defiende la memoria de sus víctimas. Olvidarlas es asesinarlas de nuevo. Es por ello que resolver las tensiones con Polonia supone una actitud más honesta y abierta por parte de Rusia.

Contrario a todos los pronósticos, esa actitud comenzó a mejorar desde hace unos años. Con la elección en 2007 del primer ministro polaco Donald Tusk, las relaciones asumieron un tono conciliador que desembocó en la conmemoración conjunta de las muertes de Katyn a comienzos de este año, donde se reiteró la autoría rusa de la masacre. Un hecho realmente memorable considerando la reticencia de Rusia a reconocer sus crímenes. El acercamiento entre ambos países se consolidó con la emotiva reacción del primer ministro Vladimir Putin y de todo el pueblo ruso ante la trágica muerte de Lech Kaczynski y los 96 militares y oficiales polacos la semana pasada. El dolor compartido y y el cambio en  la rígida postura de Rusia abren la posibilidad de un nuevo capítulo en la historia de Europa.

Con todo, la importancia del avance no nubla el largo camino por recorrer. Rusia no ha investigado ni procesado a los responsables de sus crímenes, ni ha dado señales de reparación. Y aunque reconoció la autoría de la masacre de Katyn, los polacos no han recibido una disculpa. La verdad es el primer paso y tal vez el más difícil de dar, queda esperar que el buen gesto se traduzca en avances concretos que preparen a Rusia para aceptar su pasado, obliguen a su entendimiento y remedien hasta donde sea posible los crímenes cometidos en él.

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