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Se vino el invierno

Una capa de hielo recubrió la capital del país el domingo pasado en horas de la tarde: varios centímetros de granizo, con sus fenómenos ambientales circundantes (la lluvia previa, las ventiscas posteriores), causaron una serie de daños, sobre todo en el sur de Bogotá.

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No son daños menores, por supuesto: son cosas para hacer pensar a quienes ejecutan las políticas públicas. Esto fue más que un episodio aislado o una fuente noticiosa con algún grado de curiosidad: se trata de una carencia que tiene la planeación bogotana y, por irnos un poco más lejos en la historia y en la geografía, de todo el país también: recordemos esos pueblos arrasados por cuenta de las lluvias persistentes.

Las cifras no mienten, ni mucho menos: 300 toneladas de hielo en las calles, 270 casas inundadas, carros atascados, techos desplomados ante la inclemencia de la lluvia, árboles caídos, 150 viviendas con colapso de techos, 50 lesionados (13 trasladados a hospitales), decenas de damnificados y millonarias pérdidas materiales. Si hacemos a un lado los números, podemos conformarnos ampliamente con la tragedia humana que el mal clima muchas veces significa: esos rostros impotentes en el noticiero, esas voces entrecortadas de la radio. Todos pertenecientes a personas que han perdido parte de sus vidas. Apenas eso es suficiente para tomar una acción pronta y efectiva. No podemos, ni mucho menos, quedarnos con los brazos cruzados ante la premura del tiempo.

Después del sol pleno se viene la tormenta. “En abril, lluvias mil”, suelen repetir de forma rutinaria algunas personas que no están para nada alejadas de la realidad: para el próximo mes (que está a la vuelta de la esquina) se viene una temporada cruda de lluvias. Algo peor de lo que hemos vivido hasta hoy en el año, mejor dicho. ¿Qué hacer frente a esto? ¿Cómo podemos evitar cosas como las del sábado pasado cuando se desestabilizó un talud en el barrio San Blas al sur de Bogotá? ¿Podemos? Y si esto es en la capital, ¿qué es lo que podemos hacer para el resto del país? ¿Sí podemos?

Como siempre, se nos hizo tarde para planear nuestro territorio frente a los intempestivos cambios del clima. Esa es una realidad. La respuesta usual ante este fenómeno, durante los últimos años, ha sido tomar medidas paliativas: suministros alimentarios para los damnificados, ropa usada, mercados conformados por bienes no perecederos, linternas… Caridad, mejor dicho. Y harto es lo que hay entre un Estado serio y uno caritativo: podríamos hacer todo esta vez de forma diferente. Las lluvias no inminentes: ¿hay otra forma de combatir el desastre que dejan a su paso?

Al parecer lo mejor es la prevención, que empieza por una cosa bastante sencilla, pero que requiere la voluntad política adecuada: identificar con tiempo las zonas de riesgo. En Bogotá, para ese efecto, se activaron unos comités locales de riesgo en toda la ciudad. Miremos hacia las construcciones hechizas o las que están cerca de los cerros o en la cuenca de un río. Al mismo tiempo, deben activarse unas alarmas en las localidades: que estén entrenados los ciudadanos (al menos los líderes espontáneos de cada lugar) para saber qué hacer a la hora de un aguacero.

Las lluvias se intensificarán y sería una verdadera desgracia que por la negligencia a la hora de prevenir no se termine haciendo nada frente a una tragedia humana.

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