Wikileaks publicó una serie de documentos donde se pone en evidencia que la CIA contrata en secreto compañías privadas especializadas en encontrar vulnerabilidades en los sistemas operativos de, por ejemplo, los celulares inteligentes, para facilitar su espionaje. En síntesis, gracias a las herramientas adquiridas por la agencia, ésta tiene capacidad de violentar prácticamente cualquier teléfono del mundo. En la información revelada, que comprende hasta los primeros meses del 2016, hay información para creer que la CIA puede espiar sin mayor problema a cerca de 50 millones de usuarios de iPhone y 400 millones de usuarios de Android en el mundo. Hoy es probable que cuente con tecnología que aumenta considerablemente el número de personas afectadas.
El punto de fondo es el siguiente. En su labor de espionaje, las agencias de inteligencia han desarrollado (o contratado) herramientas que explotan vulnerabilidades en los teléfonos. Pero así como pueden entrar, digamos, al celular de un criminal, la existencia de esa puerta de entrada implica que cualquier persona que la descubra la puede emplear. En el mundo digital, una vulnerabilidad nos expone a todos a ser espiados.
Algunos expertos le dijeron a El Espectador que la CIA está haciendo precisamente lo que tiene que hacer para cumplir sus funciones. Y sí, la recopilación de inteligencia es una actividad necesaria para garantizar la seguridad nacional. El problema es que, incluso si las agencias estatales siempre tuvieran buenas intenciones en sus actividades de espionaje, son muy propensas a las filtraciones, lo que significa que las herramientas que utilizan terminan muchas veces en manos con intenciones perversas.
Dos ejemplos recientes prueban ese punto: una de las empresas que venden a las agencias de inteligencia este tipo de herramientas de espionaje también vendió productos a los Emiratos Árabes, país con un historial precario en la protección de los derechos humanos. En México, activistas que buscaban la implementación de un impuesto a las bebidas azucaradas fueron espiados gracias a una herramienta que supuestamente sólo tenía el Gobierno de ese país. Si fueren necesarios más ejemplos de que todo se filtra, estamos hablando de este tema gracias a que Wikileaks recibió también la tecnología en cuestión.
Y este no es un asunto sólo de Estados Unidos. Hay indicios para creer que todas las potencias del mundo, e incluso otros países (Colombia incluida), tienen sus propias herramientas de espionaje.
Ante esta realidad, la respuesta debe ser partir de rigurosos controles legislativos que prioricen la seguridad de los sistemas digitales por encima de la recopilación de inteligencia. De poco sirve la seguridad si, al conseguirla, estamos volviendo vulnerable al mundo entero. La política de las agencias de inteligencia debería ser, como lo han sugerido varios expertos, avisar a las empresas que desarrollan los sistemas sobre sus posibles puntos débiles para que los refuercen y garanticen la protección de los usuarios. El miedo no puede ser, una vez más, excusa para coartar las libertades de todas las personas y para abrir puertas que luego no pueden cerrarse.
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