Ensoñación que, por demás, no es tan precisa: no por tener un metro los trancones en las calles se esfumarán una vez inaugurado. Harto es lo que a Bogotá le falta para que eso sea una realidad (o por lo menos para que la realidad de hoy sea menos abrumadora): falta un sistema completo que le permita al ciudadano movilizarse eficientemente por los torrentes a veces confusos de Bogotá. Metro y bus y tranvía y Transmilenio y tren de cercanías. Y más, de ser posible. Eso en infraestructura. En cultura ciudadana hace falta también una transformación profunda: y vaya si su falta genera atascamientos.
No será la obra prometida por el exalcalde Samuel Moreno la que nos saque de todos los problemas concebibles. Pero será, sin duda, un peldaño más en el ascenso hacia ello. Y eso es importante. Bastante.
Igual de importante es saber que, después de una inversión de $100.000 millones en estudios que parecían no tener fin, ya tenemos un plan presupuestal serio al cual mirar y analizar. Fue divulgado el martes pasado. La buena noticia pasó bastante rápido para dar lugar al más común de los lugares: la crítica fácil.
Que generará más problemas de movilidad mientras se construye. Que requerirá prioridad por encima de otras obras. Que cuesta el doble de lo concebido primeramente. Esos problemas, todos congénitos a la construcción de una obra tan necesaria, son los que hay que soportar para entrar a la modernidad. ¿No? Un salto necesario. Esas quejas hay que resolverlas de la mejor manera, claro, pero no darles la dimensión de obstáculos que frenen lo avanzado: por eso mismo la ciudad no tiene metro. Por esa mentalidad de lo imposible llevamos 60 años esperando y quejándonos. Cuando ya está lista la primera tarea, nos deshacemos en críticas. No puede ser.
Claro que el tema presupuestal es delicado: se necesitan $15 billones para hacer efectiva la obra. Más del doble de lo previsto, por culpa de la debilidad de los suelos capitalinos. Las cuentas, por ahora, no cuadran: la Nación podría financiar el 70% de la obra, quedándole al Distrito la responsabilidad de poner el remanente: $4,5 billones, con una capacidad de endeudamiento de $3,4 billones. El faltante no es, por bastante, una bicoca.
Pero algo habrá por hacer. Priorizar el presupuesto para que Bogotá tenga por fin un metro es algo en lo que, sin miramientos y sin consideraciones políticas de por medio, deben empezar a pensar el Gobierno Nacional y el Distrito. No hay otra salida viendo tan cerca el primer paso. No puede ser que, teniendo por fin algo concreto por donde empezar, las autoridades sigan poniendo trabas a manera de eufemismos: la mayoría son un palabrerío que habrá que barrer muy pronto.
Si vemos un bache en todo esto es la falta de dinero. El centavo pa’l peso. Así que nuestros dirigentes, en este sentido, deben ser tan creativos como lo han sido en otros: hay que hallar una solución rápida (Simón Gaviria en Planeación Nacional, Gustavo Petro en la Alcaldía de Bogotá, el presidente Juan Manuel Santos desde la cúspide del Ejecutivo) para echar a andar la ingeniería necesaria y meter a Bogotá en un nuevo capítulo de su historia. Uno por el que ha esperado, como en una caricatura, seis décadas enteras.