La configuración del próximo Congreso de la República es una oportunidad para que la Rama Legislativa, históricamente dependiente de las iniciativas fomentadas desde la Casa de Nariño, encuentre nuevas maneras de protagonismo y autonomía. Sin importar quién sea el próximo presidente de la República, la división de escaños que arrojaron las elecciones del domingo pasado garantiza que no habrá mayorías sencillas de armar. Bienvenido el ejercicio de pesos y contrapesos en una democracia que está mostrando señales de madurez.
Es inevitable pasar por las malas noticias: siguieron siendo elegidos funcionarios cuestionados o que heredaron maquinarias políticas mal habidas. A pesar de todas las denuncias de Colombia+20 de El Espectador sobre las curules de paz, por ejemplo, varias de ellas fueron alcanzadas por personajes con cercanía a los victimarios y a la política tradicional de clanes políticos bien aceitados. Lo propio ocurrió en varias curules del Senado y de la Cámara de Representantes: no será extraño ver, en los próximos cuatro años, cómo algunos de los elegidos se la pasan de escándalo en escándalo.
También es preocupante la avalancha de elegidos cuya única propuesta de trabajo es la polarización. Habrá que ver cómo trabajan con bancadas a las que han estigmatizado desde sus propios discursos incendiarios.
Dicho lo anterior, el Congreso tiene una configuración que representa a nuevas fuerzas políticas y ajusta el impacto de otras. Deben reflexionar los grandes perdedores de curules, como el Centro Democrático, que disminuyó su bancada en cinco senadores y 16 representantes, o Cambio Radical, que tiene cinco senadores y 14 representantes menos. Lo mismo el Partido de la U, otrora colectividad de gobierno, que perdió cuatro senadores y nueve representantes.
Los grandes triunfadores son el Pacto Histórico, que quedó como una de las principales fuerzas políticas en Senado y Cámara, y la Alianza Verde junto con la Coalición de la Esperanza. La figura de agrupar partidos pequeños dio réditos evidentes y debería emplearse más en el futuro, más con las derrotas de alto perfil de proyectos como Fuerza Ciudadana, el Nuevo Liberalismo y Estamos Listas.
En todo caso, la variedad de fuerzas políticas hace que quien sea el presidente (llámese Petro, Gutiérrez, Fajardo, Hernández o Betancourt) tenga que aproximarse de manera distinta al Congreso. Si los senadores y representantes ven que el nuevo equilibrio de fuerzas les permite un protagonismo a partir de la autonomía, pueden ayudar a reconstruir el prestigio de la institución y el rol esencial de la Rama Legislativa. Es una oportunidad histórica para dejar al lado los pupitrazos sin debates y los discursos que no se escuchan entre sí. También, para demostrar que se pueden impulsar proyectos trabajando en coaliciones diversas, con ideas moderadas y el reconocimiento de los colegas como colombianos que merecen respeto. Nada de aplanadoras. Sería un buen regalo a la democracia colombiana.
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