Por eso el que las autoridades israelíes hayan impedido el paso a la canciller María Ángela Holguín para reunirse con su homólogo palestino Riad al Maliki, en Ramala, es un craso error diplomático. Esto no se hace con un país que es cercano a Israel, pero que no por ello desconoce el legítimo derecho del pueblo palestino a tener un Estado propio, como lo demostró la frustrada visita.
La ministra de Relaciones Exteriores estaba realizando la semana anterior una gira por varios países árabes con el fin de promover un mayor acercamiento con una región del planeta que tiene una importancia estratégica significativa. No sólo por su potencial económico, derivado de las grandes reservas energéticas, sino por la importancia política de Oriente Medio. Los ejemplos sobran. De ahí que las reuniones con altos funcionarios de Kuwait o Jordania, la firma de convenios con Emiratos Árabes Unidos, como los que suscribió con su par Abdalá bin Zayed al Nahyan, sean hechos significativos en la internacionalización del país. No en vano Colombia abrió una embajada en Abu Dabi hace un par de años. Hasta ahí, todo bien.
Sin embargo, aprovechando la coyuntura, y con el deseo de conversar sobre diversos temas con su homólogo de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Holguín tenía previsto pasar por tierra desde Jordania hasta Ramala, en Cisjordania, cruzando el legendario puente Allenby, controlado por las autoridades de Israel. Según un comunicado de la Cancillería israelí, a Holguín le fue informado que para hacerlo estaba invitada a pasar primero por Jerusalén, reunirse con el canciller Avigdor Lieberman y luego seguir a Ramala. Dado que ese hecho implicaba desarmar el resto de la gira, que ya tenía planeada con antelación, Holguín decidió declinar el ofrecimiento. Lo cierto es que ya había visitado Israel con anterioridad. Ahora era el turno de los palestinos. Esto no le agradó a Jerusalén y decidieron obstaculizarle el paso. Lo cierto es que a pesar del impasse la reunión de los cancilleres se llevó a cabo en Amán, la capital de Jordania. Pero el amargo sabor por la actitud israelí fue evidente.
Colombia ha actuado de manera coherente frente a la difícil situación que se vive entre Israel y Palestina. En 1947 votó por la abstención frente a la Resolución 181, que estableció un plan de partición para dicho territorio, ante los problemas que se vendrían encima. En dos ocasiones se ha enviado el Batallón Colombia en misiones de paz: luego de la Guerra del Suez, en 1956, con los Cascos Azules de la ONU y tras los acuerdos de Camp David, en 1982, dentro de la Fuerza Multinacional de Paz que aún opera en el Sinaí. Los dos países mantienen estrechas relaciones militares, de inteligencia y en otros campos.
Pero lo anterior no implica que Colombia no pueda criticar, como lo ha hecho, la desmedida represión militar en Gaza, con el altísimo costo de vidas civiles segadas. No por eso se es antisemita, como tratan de hacerlo ver las autoridades israelíes frente a quienes los cuestionan ante estos hechos. Desde Bogotá también se ha repudiado los atentados terroristas llevados a cabo por Hamás, sin que por ello se esté asumiendo una posición contraria a la justa causa palestina por lograr pronto un Estado propio.
Así las cosas, y por más explicaciones que se den por parte de su Cancillería, lo cierto es que el gobierno de Netanyahu se equivocó de punta a punta. ¿A cuenta de qué el temor a que Holguín y Al Maliki se reunieran en Ramala sin pasar primero por Jerusalén? El diario israelí Haaretz se refirió al hecho como “un extraño movimiento (destinado a) endurecer su política respecto a las visitas de cancilleres a la Autoridad Palestina”. Sería conveniente que el presidente Santos reconsidere su reiterada posición frente al reconocimiento del Estado de Palestina. Ya es hora de dar este importante paso.