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Un mundo cerrado

La crisis ya era inaceptable antes de la fotografía que tiene al mundo conmocionado, pero ahora parece -y ojalá que así sea- que hemos llegado a un punto de no retorno, con los gobiernos del mundo aceptando que el problema de los refugiados no es, como muchos pretendían, un tema que se puede solucionar cerrando fronteras.

05 de septiembre de 2015 - 09:00 p. m.
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El cuerpo de Alan Kurdi, un niño kurdo de tres años que apareció ahogado en una playa de Turquía luego de que su intento por escapar de Siria terminara en naufragio, es el símbolo perverso de una comunidad global hasta ahora incapaz de responder a la violencia y el hambre en Siria, Oriente Medio y África.

La cifra es estremecedora: 350.000 personas han arriesgado su vida para cruzar el Mediterráneo desde que arrancó este año, según información de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), y 2.643 de ellas murieron. Una frase sin atribución, que ronda por internet, resume la situación: “Tienen que entender: nadie monta a sus hijos a un bote a menos que el mar parezca más seguro que la tierra”. Atravesar hacia Europa es el intento desesperado de un grupo de personas que no encuentran otra forma de buscar, por lo menos, una oportunidad de seguir existiendo. Así es el tema.

El viernes, David Cameron, primer ministro de Inglaterra, y los cancilleres de Austria y Alemania, anunciaron con orgullo que recibirían más migrantes en sus países. Medida necesaria, pero a todas luces insuficiente. Europa sigue en deuda de afrontar esta situación con un plan que vaya más allá de la benevolencia a regañadientes, entre otras porque esta crisis encuentra sus raíces en la malsana influencia colonialista de las potencias de ese continente sobre los países que ahora obligan a la gente a huir por sus vidas.

Son inútiles y crueles los discursos nacionalistas, presentes en los extremos del espectro político, que reivindican la soberanía de los Estados a costa de cerrar la entrada a quien más ayuda necesita. Este no es momento de jugar a un aislacionismo hipócrita y conveniente, especialmente porque la situación de los migrantes, así como los otros retos que la humanidad afronta en este momento, como los relacionados con el medio ambiente, sólo pueden solucionarse con una estrategia de coordinación global que deje a un lado los caprichos territoriales y se percate de que compartimos este mundo que arde y pide soluciones a gritos.

Entristece ver que, aunque las ideas adecuadas están desde hace décadas entre las naciones, hoy se vean debilitadas hasta el punto de su inhabilidad para actuar. La ONU y todos los organismos internacionales, pensados en un principio como el mecanismo para acercar a los países y entendernos como parte de un mismo mundo con problemas comunes, hoy son instituciones de papel debilitadas por el capricho insensato de Estados que sólo piensan en el corto plazo y en términos individualistas -en ese juego donde los países son individuos y no construcciones sociales colectivas y porosas-.

No hay que ir muy lejos para encontrar ejemplos: Colombia, que llevaba años debilitando -o haciéndose el de la vista gorda ante los embates, si se quiere- a la OEA y la CIDH, ahora sufre la impotencia que produce la incapacidad que tienen esos órganos para ayudarnos en la crisis de deportados desde Venezuela.

El mundo entero necesita un régimen de derecho internacional que sea vinculante y tenga, en términos castizos, dientes para actuar y hacer valer los acuerdos básicos necesarios para asegurar nuestra subsistencia. Es lo lógico. Ojalá la tragedia de Alan sirva para sacudirnos de verdad -y de una vez por todas- de ese largo letargo de desconfianza hacia los “otros” países. Lo necesitamos.

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